Cuando la tristeza (cual dolor invisible) se viste de ausencias repentinas suspendiendo así toda esperanza, no hay que darle demasiada cabida en nuestra alma para no permitir que la desdicha se instale en nuestra mirada por largo tiempo. He de pensar que la desdicha terminará un día por cansarse y cuando nos diga adiós esa ruptura ya no nos dolerá como antes porque de lo contrario el tiempo será el que se convierta en nuestra desdicha. ¿Será cierto que todos poseemos suficiente fortaleza para soportar la desdicha ajena y no la propia?
Quizá mi razón de ser y pensar es que la tristeza deja siempre huellas porque mientras el pasado lo confirma, el futuro la hace inolvidable porque no podemos olvidar lo que hemos amado y aún seguimos amando, quizá porque tratar de olvidar a alguien es querer recordarlo para siempre. ¿Será cierto que la sinceridad de la tristeza suele nutrirse del amor porque la sinceridad del amor suele nutrirse de la alegría? Si la respuesta es afimativa, entonces, tenemos motivos para levantar un monumento a la tristeza.
La tristeza no solo es inevitable, sino que es fundamental para poder comprenderse mejor a uno mismo y así darle un mejor sentido a la vida ya que sin esos momentos grises no podríamos replanteárnosla. Pienso que la tristeza es una emoción necesaria, aunque dolorosa, puesto que es nuestro punto de partida para nuestro proceso de aceptación a la realidad que nos genera daño, sea, en parte, reconociendo nuestros errores o también sea, por otro lado, asimilando la pérdida de un ser querido.
Quién diría que el 2025 me hizo ver lo efímera que es la vida... seis muertes, unas más leves que otras. Y todas, sin excepción, me hicieron palpar la cercanía de la muerte obligándome a que mis ojos me vieran por dentro porque por fuera veo mucha banalidad. Quizá no basta con pensar en la muerte, sino que debo tenerla siempre delante. No sé qué pienses tú, querido lector. Al final, todos nacemos para morir, tarde o temprano. Si pensáramos de esta manera pienso que la vida, por lo menos, la mía, se haría más solemne, más importante, más fecunda y alegre. Espero que la tuya también, querido lector.
¡Ay! Aquí me encuentro entre olvidos y esperanzas, recordándote, querida Petra. En pocos días se cumple año de tu partida. Recuerdo como si fuera ayer que un día como hoy me invitaste a almorzar a tu departamento. Tú cocinaste para mí. Disfruté del almuerzo, reímos, conversamos de todo un poco y después quién diría que no te vería nunca más. Nadie me advirtió que nuestro abrazo sería el último que nos daríamos porque falleciste pocos días después.
Si bien otras muertes he podido asimilar con tranquilidad y aceptación, la tuya, no, querida Petra. Para mí tu partida fue como una estocada en la mitad de mi corazón. Ya no sé cuántas veces he ido a visitar tu tumba sin que nadie se diera cuenta de la pena que llevo aún por dentro. Ahora que escribo estas líneas siento que, poco a poco, voy aceptando tu ausencia porque hay que dejarla doler lo que ella pida y transformarla en bien.
No se trata de sustituirte, querida Petra, por otra persona porque ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama aún cuando la verdadera amistad sea más difícil y más rara que el amor. Tal vez deba pensar que existen dos fuerzas que me ayudan a vivir: el olvido y la esperanza.
Mientras el primero me ayuda a olvidar la pena de la pérdida física, la segunda me ayuda a pensar que habrá un reencuentro cuando yo también parta de este mundo. Mientras la muerte llama a todos sin olvidarse de uno solo, Dios nos recuerda que la muerte tiene muy buena memoria porque ésta es el único paraíso del que no podemos ser expulsados. Y, ¿sabes por qué, querido lector? Porque la memoria es el espejo donde vemos a los ausentes... aquéllos que viven dentro de nosotros entre el olvido y la esperanza.
MARiSOL

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