Actualmente vivimos en una era marcada por la incertidumbre, donde los cambios se suceden con una rapidez que a menudo desborda nuestra capacidad de adaptación. Los llamados “tiempos convulsos” no son sólo una etiqueta para describir crisis aisladas, sino un estado casi permanente en el que lo político, lo social y lo emocional se entrelazan cada día en una tensión constante.
En estos periodos, las certezas se erosionan. Lo que antes parecía estable, como por ejemplo: las instituciones, las normas, incluso las relaciones humanas, comienza a tambalearse. La información, sobre todo, por el internet, fluye sin descanso, pero no siempre aporta claridad; más bien, en ocasiones intensifica la confusión. Las voces se multiplican, los discursos se polarizan y la sensación de estar desorientados se vuelve compartida. Yo me pregunto hacia adónde nos dirigimos. ¿Hacia el abismo?
Sin embargo, los tiempos convulsos también revelan la naturaleza profunda de las sociedades. Sacan a la luz tanto sus fracturas como su capacidad de resiliencia. En medio del caos emergen gestos de solidaridad, nuevas formas de pensar y la oportunidad de cuestionar lo establecido. Es en estos momentos cuando yo me replanteo mis valores morales, decido qué conservar y qué transformar.
Si bien la historia universal demuestra que ninguna etapa de turbulencia es eterna, esta vez percibo nuestro presente tan inestable que no veo un terreno fértil para el cambio. Por lo menos, no ahora. Más bien veo que este terreno está tan minado de odio, fanatismo religioso y crueldad que todo sentido crítico, empatía y responsabilidad como que han desaparecido de la faz de la Tierra.
Así, en estos tiempos convulsos, lejos de ser únicamente una gran amenaza no sólo para los países actualmente involucrados, sino también para todos, quiero creer que toda esta terrible situación bélica que se da en distintos puntos de nuestro planeta puede convertirse, finalmente, en una invitación para dejar los egos de lado para así poder reconstruir, comprender y, en última instancia, reinventar el rumbo colectivo de la humanidad. Así lo espero...
MARiSOL