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lunes, 26 de octubre de 2026

La memoria del fuego

 
Había una vez un balde de hierro forjado, lleno hasta el borde con cenizas finas y plateadas. Se encontraba olvidado por todos en la esquina más oscura de un viejo cobertizo que pertenecía a una casa recientemente vendida por sus dueños ya ancianos que decidieron comprarse un departamento en un pueblo cercano. Mientras afuera el viento soplaba con fuerza aquella tarde, dentro del viejo cobertizo el aire permanecía inmóvil, pesado y gris.
A diferencia de los otros objetos del cobertizo —las herramientas afiladas que presumían de su utilidad o las cajas de madera que guardaban recuerdos coloridos—, el balde de cenizas guardaba silencio. Los demás lo consideraban el remanente de la nada, el fin de todas las cosas.
- "¡Oye Balde! Sólo eres el rastro de lo que ya no existe" - le dijo burlón un viejo y oxidado serrucho de mano. 
Sin embargo, el balde no se sentía vacío; al contrario, se sabía lleno de historias porque cada mota de ceniza en su interior era el suspiro de un pasado vivo. Sus cenizas contenían no sólo fragmentos de troncos de roble que calentaron el hogar familiar durante los inviernos más crueles, sino también restos de cartas de amor vestidas de promesas que se volvieron humo pero que dejaron su calor en el fondo, cenizas de ramas de manzano que alguna vez dieron sombra y frutos dulces a los niños que ya habían crecido y, hacía ya mucho tiempo atrás, que se habían marchado de casa.
El balde no contenía muerte; más bien, contenía la memoria del fuego porque no es el calor que se queda sólo en la ceniza, sino es la chispa que se niega a morir en la oscuridad.
Pues bien, una primavera, las puertas del cobertizo se abrieron de par en par. Mientras un par de manos jóvenes y fuertes tomaron al balde por su asa de metal que protestó con un leve chirrido, fue llevado al exterior bajo la luz cegadora del sol que no había visto en años. El hombre joven y nuevo dueño de la propiedad caminó hasta el huerto trasero porque la tierra lucía cansada y gris tras el largo invierno. Con cuidado, esparció las cenizas del balde sobre los surcos de los cultivos y alrededor de las raíces de un joven árbol recién plantado.

El viejo serrucho de mano del cobertizo sonreía burlón porque el balde estaba siendo vaciado de su miseria. Pero el balde sintió algo muy distinto: al mezclarse con la tierra húmeda, sus cenizas, ricas en minerales y secretos del pasado, comenzaron a alimentar el suelo. La memoria del roble, el calor de las cartas y la esencia del viejo manzano se convirtieron en el alimento para una nueva vida.
Meses después, el árbol floreció con una fuerza inusitada y la tierra dió sus mejores frutos. El balde, ahora vacío y limpio en el cobertizo, sonreía en silencio porque había entendido su propósito: no era el final del camino, sino el puente secreto entre lo que fue y lo que estaba por nacer.
 
¿Y sabes por qué, querido lector? Porque el tiempo no avanza como una línea recta y rígida, sino como un tejido continuo donde cada hilo se entrelaza con el siguiente. Y es que en el centro de esta urdimbre se halla ese puente que no está hecho de piedra ni de madera. Es más bien, puramente existencial porque representa el umbral absoluto donde el pasado (cual memoria, experiencia y raíz que sostienen nuestra esctructura actual, mas no nos determina por completo porque es sólo el punto de partida) y el futuro (cual horizonte de posibilidades infinitas que si bien aguarda en la incertidumbre, desea ser llenado de acción) dejan de ser abstracciones para convertirse en la realidad del instante presente.
 MARiSOL
Ojo: Si bien "Balde" se usa con más frecuencia en América Latina, "Cubo" se usa tanto en España como en Cuba.  También se utiliza en matemáticas o geometría para designar la figura tridimensional.