Había una vez una mujer que guardaba sus sueños en un pequeña caja de madera. Cada mañana se levantaba temprano, corría de un lado a otro y repetía:
- Cuando tenga tiempo, abriré la caja.
Pasaron los años. La casa cambió, las estaciones también, y la caja permaneció en el mismo lugar.
Un día, ya mayor, la mujer se sentó junto a la ventana. Por primera vez ella no tenía ninguna obligación urgente. Miró el reloj y comprendió algo que nunca había entendido: el tiempo no se encuentra; se elige.
Abrió la caja. Allí adentro estaban todos los sueños que había postergado: aprender a pintar, escribir un libro, viajar, caminar sin rumbo, sentarse a conversar con alguien querido, contemplar un atardecer.
Sonrió.
No podía recuperar los años que habían pasado, pero todavía tenía algo precioso: el tiempo que quedaba por vivir.
Y desde aquel dia empezó a vivir de otra manera. No hizo todo lo que había soñado, pero hizo aquello que daba sentido a su corazón.
Al final ella comprendió que realizar un sueño no siempre significa llegar lejos. A veces, significa simplemente detenerse y decir:
- Hoy tengo tiempo para mí.
Y descubrió que, cuando uno se concede tiempo para vivir, hasta los sueños más antiguos pueden volver a florecer.
Quizá la vida, querido lector, no nos pide cumplir todos nuestros sueños, sino tener el tiempo de descubrir cuáles merecen ser vividos. Y es que tener tiempo es un regalo, una pausa para escuchar lo que el corazón aún desea porque los sueños no tienen prisa. Esperan pacientes a que encontremos el tiempo para hacerlos realidad porque cuando el tiempo se vuelve consciente, soñar deja de ser esperar. Más bien, se convierte en elegir, caminar y dar sentido a la existencia.
MARiSOL
