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domingo, 30 de agosto de 2026

El baúl oriental y el cuadro del mar

En una habitación tranquila, cerca a una ventana que miraba hacia el jardín, había dos objetos que parecían no tener nada que ver entre sí: un antiguo baúl oriental y un cuadro del mar.

El baúl era de madera oscura, adornado con pequeñas figuras de nácar. Nadie sabía exactamente de dónde había venido. Había pasado de manos en manos hasta llegar a aquella casa, siempre cerrado con una pequeña cerradura de bronce.

El cuadro, en cambio, mostraba un mar embravecido mientras dos gaviotas solitarias volaban sobre las olas hacia el horizonte.

Una tarde de lluvia, Clara se quedó contemplándolos durante largo rato.

—¡Qué extraño! —murmuró—. Parece que el baúl mira al mar.

Aquella noche, mientras el viento golpeaba suavemente los cristales de la ventana, Clara oyó un pequeño clic. Se levantó y descubrió que la cerradura del baúl estaba abierta. Dentro de éste no había ni joyas ni dinero. Sólo encontró una vieja carta, amarillenta por los años. La abrió con cuidado.

«Si algún día encuentras esta carta, mira el cuadro del mar. Lo que buscas no está dentro del baúl, sino detrás del horizonte.»

Cuando Clara volvió los ojos hacia el cuadro, ocurrió algo extraordinario. Las dos gaviotas  pintadas en el lienzo no sólo comenzaron a moverse, sino que el mar parecía respirar. Las olas avanzaban y retrocedían con fuerza como si el cuadro fuera una ventana abierta hacia su imaginación.

Dentro del baúl encontró una brújula. La tomó entre sus manos y la aguja no señaló el norte, sino el sur, su querido punto cardinal. Y señaló directamente hacia el cuadro.

Clara mientras sonreía, comprendió que algunos objetos no guardan cosas, sino historias. Y que ciertos cuadros no representan lugares, sino caminos que esperan ser recorridos tarde o temprano.

Desde aquella noche, cada vez que Clara necesita recordar que la vida todavía puede sorprenderla, abre el baúl y contempla el mar.

Y aunque Clara nunca descubrió quién había escrito la carta, supo que el mensaje era no sólo para ella, sino también para ti, querido lector:

"Nunca cierres un baúl sin abrir primero, de par en par, una ventana hacia tus sueños"

                        MARiSOL 
 
 

viernes, 24 de abril de 2026

Las heridas de Frida

 
 
Este cuento lo escribí en base a unos regalitos que me hicieron, hoy día, unas amigas mías. Fueron una planta de Aloe Vera, un imán de México con la imagen de Frida Kahlo y un elefantito de porcelana que dice en alemán: Einfach glücklich sein (Simplemente ser feliz). En caso no sepas, querido lector, existe una metáfora usada para describir la relación turbulenta, creativa y apasionada entre los artistas mexicanos Diego Rivera y Frida Khalo. La madre de ella los llamó "El elefante y la paloma" para describir la gran disparidad física y de personalidad entre ambos.       
               
 
En una habitación bañada por la luz suave de la tarde, Frida Kahlo pintaba en silencio. El aire estaba impregnado de un aroma verde y limpio: decenas de plantas de aloe vera cultivadas en macetas de barro rodeaban el espacio, como si custodiaran cada rincón con sus hojas carnosas y firmes. 

Mientras Frida observaba su lienzo con intensidad, frente a ella comenzaba a tomar forma un elefante blanco. No era un elefante cualquiera: su piel parecía hecha de luz, y sus ojos reflejaban una tristeza profunda, como si cargara historias que nadie se había detenido a escuchar. 
—Todos cargamos algo invisible —murmuró Frida mientras iba mojando el pincel en su pintura. 

Afuera, el mundo seguía su curso, pero dentro de esa habitación el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo. Mientras las plantas de aloe vera, con su fama de curar heridas, parecían respirar junto a Frida, ella se levantó un momento y pasó suavemente su mano por una de las hojas. Recordó cómo el aloe sana la piel cuando ha sido quemada o herida. Sonrió levemente.
—Ojalá el alma se curara igual de fácil —dijo.

Frida regresó al lienzo y se sorprendió al ver que el elefante ahora tenía una pequeña grieta en el costado, apenas visible, de la cual brotaba un tenue color verde. No era sangre, no era dolor: era vida intentando salir.
Frida dio un paso atrás y contempló su obra.
—No se trata de no romperse —susurró—. Se trata de aprender a sanar.

En ese instante, un rayo de sol atravesó la ventana y tocó el cuadro. El elefante pareció cobrar vida por un segundo, y la grieta luminosa brilló con más fuerza.
Frida sonrió, cansada pero en paz.
Las plantas de aloe vera permanecieron en silencio, como testigos de una verdad simple y profunda: incluso en medio del dolor, querido lector, la capacidad de sanar vive dentro de nosotros, esperando ser reconocida. 

Lo importante, querido lector, es darse cuenta que las heridas forman parte de la vida, pero también lo es la capacidad de transformarlas en algo que nos fortalezca. Sanar no es olvidar, es aprender a seguir creciendo.

                   MARiSOL