Fue una tarde de esas que parecen llevar un corazón escondido. Comenzó con un café y una conversación llena de ilusión entre mujeres hispanohablantes mayores de sesenta a las que nos gusta tejer. Dos de nosotras presentamos ante un jurado un proyecto nacido del entusiasmo, de la experiencia y de las ganas de seguir creando. Había nervios, sí, un poco, pero también la certeza de que nunca es tarde para aprender, compartir y abrir nuevas puertas.
Después tomé un autobús y luego un tren. En ese tren que me llevaba a la estación cercana a donde yo vivo, se sentó a mi lado una mujer joven de la India. Se llamaba Suhani. Hablamos con la naturalidad de quienes, sin conocerse, encuentran, de pronto, un pequeño puente entre dos mundos. Su nombre, me contó, significa en sánscrito: agradable, hermosa, la que trae felicidad y alegría. Me pareció un nombre precioso para alguien que acababa de regalarme una conversación inesperada. Antes de despedirnos nos dijimos nuestros nombres, como quien guarda un pequeño recuerdo del viaje.
En cuanto se bajó Suhani conversé también con dos mujeres alemanas de mi edad. Hablamos de Berlín, de sus cambios y de los políticos de hoy; de ese mundo que, tantas veces, nos preocupa y nos obliga a pensar. Experiencias distintas, varias culturas y una misma ciudad como escenario.
Antes de llegar a casa me senté en una heladería cercana, no para comerme un helado, sino para tomar un Cappuccino al aire libre... ese aire que ya se siente lentamente frío recordándome que el Otoño ya se acerca.
Cuando finalmente llegué a casa, comprendí que aquella tarde no había sido simplemente una tarde. Había sido un pequeño viaje sin salir de Berlín: un encuentro con mujeres hispanohablantes a la que nos gusta tejer y compartir nuestras experiencias de vida, un proyecto compartido, una joven llamada Suhani que llevaba la alegría en su nombre, y dos mujeres alemanas con quienes compartí pensamientos sobre la capital alemana en la que vivo desde hace 44 años.
A veces la vida, querido lector, no necesita grandes acontecimientos para sorprendernos. Basta una mesa, un tren, una conversación inesperada… Y, entonces, descubrimos que cada encuentro deja una pequeña luz en el camino.
Aquella tarde quedó en mí como un mosaico de voces, culturas y miradas; una tarde vestida de encuentros, tejida de palabras y perfumada de esperanza. Y pensé: quizá la felicidad sea precisamente eso: estar abiertos a la vida. Comprendí que no había sido simplemente una tarde. Había sido, más que eso... fue un mosaico de encuentros, voces, ideas y sonrisas vestidos de impresiones positivas. De ésas que te alegran el alma.
Nunca olvidaré la casa de mis abuelos, ahora ya inexistente. Esa casa, blanca y luminosa, con ventanas que se abrían cada mañana al azul- gris infinito del Océano Pacifico, parecía haber nacido de un sueño. La recuerdo decorada con muchos muebles antiguos y elegantes, con su inmensa cocina, su biblioteca. Las demás habitaciones también las puedo aún ver en mi memoria.
Mi abuela decoró su casa con buen gusto y también la vistió de hortensias y buganvillas. En el jardín interior se encontraban las hortensias rosadas y violetas y en la parte exterior de la casa las buganvillas derramaban sus colores como cascadas de fuego vestidas de alegría. Hasta el día de hoy tanto las hortensias como las buganvillas son mis flores favoritas.
Durante muchos años esa casa fue mi mundo donde mis padres, hermanos y abuelo lo habitamos. Si bien mi abuela falleció cuando yo era muy pequeña, me la imagino regando sus flores al atardecer mientras mi abuelo contemplaba de pie el horizonte en silencio. A mí, hasta el día de hoy, me gusta contemplarlo, sobre todo, las puestas de sol porque me imagino que el mar tiene la extraña virtud de llevarse las preocupaciones y darle la bienvenida a los sueños aunque éstos nunca se hagan realidad.
En aquella casa aprendí que la felicidad se dejaba ver no sólo entre hortensias y buganvillas, sino en la voz querida de mi abuelo, ya viudo, llamándonos a la mesa, despertándonos para ir al colegio o contándonos cuentos inventados por él a mis hermanos y a mí.
Si bien esa casa, desde hace años, murió físicamente, aún siga viva en la memoria de mi corazón porque cada vez que cierro los ojos, vuelvo a verla: blanca frente al mar y cubierta de flores mientras me veo como un fantasma recorriéndola por dentro, yendo de habitación en habitación, en silencio.
Sinceramente, querido lector, algunas casas nunca desaparecen porque se quedan viviendo dentro de nosotros, sobre todo, cuando la memoria (aunque algunos recuerdos nos duelan) convierte el pasado en un lugar al que siempre podemos regresar para no olvidar quienes fuimos, quienes somos y seremos. Y es que la memoria es el hilo invisible que une lo que fuimos con lo que somos y aquello que aún seremos, querido lector.
Si bien los recuerdos como la casa frente al mar no viven solamente en el pasado, más bien, nos acompañan, nos transforman, y de algún modo, siguen escribiendo nuestra historia de vida. ¿Y sabes por qué, querido lector? Pues, porque somos también la huella de quienes fuimos y la esperanza de quienes todavía estamos destinados a ser.
En una habitación tranquila, cerca a una ventana que miraba hacia el jardín, había dos objetos que parecían no tener nada que ver entre sí: un antiguo baúl oriental y un cuadro del mar.
El baúl era de madera oscura, adornado con pequeñas figuras de nácar. Nadie sabía exactamente de dónde había venido. Había pasado de manos en manos hasta llegar a aquella casa, siempre cerrado con una pequeña cerradura de bronce.
El cuadro, en cambio, mostraba un mar embravecido mientras dos gaviotas solitarias volaban sobre las olas hacia el horizonte.
Una tarde de lluvia, Clara se quedó contemplándolos durante largo rato.
—¡Qué extraño! —murmuró—. Parece que el baúl mira al mar.
Aquella noche, mientras el viento golpeaba suavemente los cristales de la ventana, Clara oyó un pequeño clic. Se levantó y descubrió que la cerradura del baúl estaba abierta. Dentro de éste no había ni joyas ni dinero. Sólo encontró una vieja carta, amarillenta por los años. La abrió con cuidado.
«Si algún día encuentras esta carta, mira el cuadro del mar. Lo que buscas no está dentro del baúl, sino detrás del horizonte.»
Cuando Clara volvió los ojos hacia el cuadro, ocurrió algo extraordinario. Las dos gaviotas pintadas en el lienzo no sólo comenzaron a moverse, sino que el mar parecía respirar. Las olas avanzaban y retrocedían con fuerza como si el cuadro fuera una ventana abierta hacia su imaginación.
Dentro del baúl encontró una brújula. La tomó entre sus manos y la aguja no señaló el norte, sino el sur, su querido punto cardinal. Y señaló directamente hacia el cuadro.
Clara mientras sonreía, comprendió que algunos objetos no guardan cosas, sino historias. Y que ciertos cuadros no representan lugares, sino caminos que esperan ser recorridos tarde o temprano.
Desde aquella noche, cada vez que Clara necesita recordar que la vida todavía puede sorprenderla, abre el baúl y contempla el mar.
Y aunque Clara nunca descubrió quién había escrito la carta, supo que el mensaje era no sólo para ella, sino también para ti, querido lector:
"Nunca cierres un baúl sin abrir primero, de par en par, una ventana hacia tus sueños"
Había una vez una mujer que guardaba sus sueños en un pequeña caja de madera. Cada mañana se levantaba temprano, corría de un lado a otro y repetía:
- Cuando tenga tiempo, abriré la caja.
Pasaron los años. La casa cambió, las estaciones también, y la caja permaneció en el mismo lugar.
Un día, ya mayor, la mujer se sentó junto a la ventana. Por primera vez ella no tenía ninguna obligación urgente. Miró el reloj y comprendió algo que nunca había entendido: el tiempo no se encuentra; se elige.
Abrió la caja. Allí adentro estaban todos los sueños que había postergado: aprender a pintar, escribir un libro, viajar, caminar sin rumbo, sentarse a conversar con alguien querido, contemplar un atardecer.
Sonrió.
No podía recuperar los años que habían pasado, pero todavía tenía algo precioso: el tiempo que quedaba por vivir.
Y desde aquel dia empezó a vivir de otra manera. No hizo todo lo que había soñado, pero hizo aquello que daba sentido a su corazón.
Al final ella comprendió que realizar un sueño no siempre significa llegar lejos. A veces, significa simplemente detenerse y decir:
- Hoy tengo tiempo para mí.
Y descubrió que, cuando uno se concede tiempo para vivir, hasta los sueños más antiguos pueden volver a florecer.
Quizá la vida, querido lector, no nos pide cumplir
todos nuestros sueños, sino tener el tiempo de descubrir cuáles merecen
ser vividos. Y es que tener tiempo es un regalo, una pausa para
escuchar lo que el corazón aún desea porque los sueños no tienen prisa.
Esperan pacientes a que encontremos el tiempo para hacerlos realidad
porque cuando el tiempo se vuelve consciente, soñar deja de ser esperar.
Más bien, se convierte en elegir, caminar y dar sentido a la existencia.
Hay una zona imprecisa vestida de fragancias y colores donde el soñar y el despertar se dan la mano mientras Margarita se pregunta si no sería mejorar eliminar estos dos verbos de su vocabulario para instaurar sólo el verbo "dormir" para así no sentir lo que su corazón siente, día a día, en silencio... ese silencio que nunca la traiciona porque aunque éste sea el ruido más fuerte de todos los ruidos, allí éste se encuentra siempre a la espera de Margarita para ayudarla a que ella sea capaz de sostenerse entre sus sueños y el despertar de la realidad en la que se encuentra viviendo desde hace mucho tiempo.
Y es que, a veces, Margarita hace un tremendo esfuerzo para seguir atrapando sueños, como quien caza mariposas, mientras la vida la empuja, sin ninguna ceremonia, a seguir manteniéndose despierta ante las señales que, por momentos, sus sueños, le envían mientras le tocan la puerta a su realidad. Y aunque ella sepa que el aura de sus sueños la quieran envolver engañosamente, ella muy bien sabe que, por fuerza mayor, tiene que desprenderse del aura de sus sueños (no son muchos, sólo unos cuantos), porque ella ha aprendido que la realidad es algo indesmentible, algo que sigue existiendo y no desaparece aunque pretendamos querer ver la vida sólo de color rosa.
Sin embargo, hoy día Margarita, aunque sean las nueve de la mañana, quiere seguir aferrada tercamente a su almohada para seguir llamando a su querido ausente entre sueños aunque la realidad con su pesada solidez la quiera sacar de su cama para recordarle que ya es tarde y que hay que levantarse. Pero, ¿tarde por qué o para quién? se preguntó Margarita mientras se frotaba los ojos ... allí donde se mezclan su alma de niña con su cuerpo de mujer ya mayor. ¿Tener sesenta años es ser ya vieja?
Margarita agradecida que yo, el silencio, no le hiciera ningún reproche, se volvió a abrazar a su almohada mientras ella imaginariamente seguía cazando mariposas ... esas mariposas multicolores que le recuerdan que, aunque la vida sea, por momentos, difícil, hay que sostenerse en sueños, quizá porque la vida es mucho más pequeña que los mismos sueños. Es así, como Margarita se imaginaba que si lograba cazar exitosamente a sus mariposas (sus sueños), sus sueños, uno a uno, se harían realidad, quizá algún día ... quizá aunque ella esté equivocada y yo en lo cierto.
Pues bien, dejaré que Margarita siga en su cama por un rato más. Y cuando yo crea conveniente, le haré saber a ella que tiene que levantarse y despertar a la realidad de la vida, le guste o no. Y aunque yo, el silencio, no me encuentre físicamente a su lado (yo no sólo soy ese silencio, que tú bien conoces, querido lector, sino el gran ausente de Margarita quien le pide que siga viviendo al igual que yo aunque nos extrañemos con todo el corazón), este corazón, que por partida doble, seguirá también cazando mariposas en esa zona imprecisa de fragancias y colores, en ese mundo donde los seres despiertos no tienen más que un solo mundo mientras que los seres dormidos tienen cada uno su propio mundo ... allí donde Margarita y yo nos encontramos viviendo la vida que no llevamos en conjunto pero que, por separado, seguimos cazando mariposas.
Después de un rato, el silencio de Margarita le dijo al oído:
- ¡Despierta, mi amor, para que tú sigas viviendo por los dos!
Al escuchar estas palabras, Margarita se despertó, se levantó rápidamente y le sonrió a la vida mientras cazaba imaginariamente mariposas mientras se dirigía al baño para duchar a su cuerpo desnudo de mujer madura con alma de niña, esa alma que espera lo que desea, aunque su mente sea adulta y vieja igual que la de su silencio.
Es así, como Margarita dejó la red de lado en una esquina de su baño y se metió bajo la ducha para dejarse mojar (con agua agua caliente primero y finalmente con agua fría) por la realidad en la que le toca vivir aunque su gran ausente ya no la vuelva a tocar físicamente, sino sólo con el corazón mientras los recuerdos, que le saben a él, vuelen alrededor de ella como mariposas.
Cada vez que la noche llega excitada para ayudar a Eliana a emigrar sobre su almohada al mundo de los sueños, ambas se vuelven felices cómplices. ¡Ay, qué mala costumbre ambas tienen! ¿O será que yo estoy celosa porque ambas se entienden muy bien porque yo no logro emigrar a ninguna parte y sólo a la parte más oscura de mi alma?
Y cuando Eliana cae en esa trampa deliciosa, según ella, envuelta en nubes cargadas de viejas melodías románticas, Eliana me hace saber que ella le consiente a la noche a que la convierta en una prolongación irrefutablemente bella de sus propios sueños.
Yo creo que todo se reduce, a duras penas, a puras especulaciones porque no hay nada de certezas. Yo no sé si Eliana realmente me miente para hacerme sentir a mí pequeña ante la noche. No sé si tampoco mi ignorancia es fantasmal o si Eliana arrastra una inocencia impuesta, a propósito, por la noche o si la noche y Eliana están reemplazando las definiciones del amor a mis espaldas.
- ¿No será un disparate todo lo que aquí me cuentas? - le pregunté a Eliana un tanto excéptica.
- Qué lástima que no me creas - me contestó Eliana. Y luego continuó hablando - Yo tengo el alto privilegio que la noche se comunique de la manera que lo hace conmigo porque ella sabe que yo tengo una inscripción tatuada en mi alma y como, por momentos, me duele este tatuaje, ella viene a consolarme para mitigar mi dolor. Si bien José ya no me ama, ya no le guardo a él ningún rencor. Prefiero rescatar los buenos momentos. Los malos no me sirven para nada; sólo seguirían envenenando mi alma y no me dejarían dormir como a ti.
- ¿Y por qué la noche no viene a hacer lo mismo conmigo? - le pregunté enfadada a mi amiga.
- Pues, porque tu corazón se ha vuelto de piedra. Tú ya no crees más en el amor. Tu decepción y rabia te tienen esclavizada.
- ¡Oye! Nada dura para siempre - le respondí bastante seria.
- Lo sé - me hizo saber Eliana. Pero no hay mejor cosa que saber perdonar. Y tú sigues odiando a Mario.
- Por lo pronto, yo puedo perdonar, pero no olvidar - le dije bastante convencida de mis palabras. Mario me hizo mucho daño.
Eliana me miró con cariño y luego me hizo saber que no es saludable sólo tener en cuenta las limitaciones y defectos del otro. Hay que aprender también a saber reconocer nuestras propias limitaciones y defectos. Además si uno no las toma demasiado en serio y les quita importancia, puede uno vivir más tranquilo y ...
La noche se apareció de improviso ante las dos y me dijo a mí, sobre todo, que ablande, de una vez por todas, mi corazón. Me hizo saber que lo mejor que yo podría hacer es inscribir todos los agravios hechos por Mario en el polvo del olvido y, más bien, inscribir como un hermoso tatuaje la palabra de bien llamada "Perdón" en la punta de mi lengua un tanto mordaz e hiriente.
Al yo bajar la cabeza y dejar mi soberbia de lado, la noche me prometió que ella vendrá a visitarme y me prometió también que yo tendré un sueño reparador que hará que yo me levante al día siguiente con el espíritu más alegre que amargado dejando el pasado de lado para vivir en armonía con mi presente.
Eliana espera ese cambio en mí. Mi insomio, mi almohada y yo también.
Si pudiera quedarme por una larga temporada en este bonito carrusel, lo haría para evitar pisar el suelo de la realidad, que por momentos, me hace perder el equilibrio. Aquí, en este carrusel los caballos ni dan coces contra nadie ni se encabritan salvajemente.
Ana, una mujer de sesenta años, se encuentra montada sobre un caballo de madera pensando en que no tiene ganas de bajarse de este carrusel porque la vida fuera de éste le resultaba muy dura ... hasta cruel. Así se encuentra esto pensando Ana mientras el asiento en forma de caballo de madera se mueve hacia arriba y hacia abajo para simular el galope de un caballo de manera sistemática y acompasada.
El carrusel, tiovio o calesita, conocido como un medio de diversión para chicos y grandes, infaltabale en todo parque de diversiones, al escuchar los pensamientos de Ana, le hizo saber que la vida es mejor que él porque a través de ésta ella puede dirigir sus pasos en distintas direcciones mientras él, el carrusel, sólo da vueltas sobre su propio eje.
- Pero, aquí me siento segura y protegida - le respondió telepáticamente Ana al carrusel. Su mensaje contenía un reproche amordazado en la punta de su lengua. El carrusel, quien puede leer los pensamientos de todas aquellas personas que se suben a él, sabe que Ana no se siente bien desde hace unos pocos meses ... sus motivos tiene ... pero ahondar no quiero ya que ella no me ha dado su permiso para hacerte saber, querido lector, qué es lo que le realmente le sucede. Bien, continúo ...
- ¿Crees que quedándote acá tú podrías ser totalmente feliz? - le preguntó el carrusel a Ana. - No, no lo creo - le contestó Ana sorprendida de su propia respuesta. Una cosa era sentirse a gusto en el carrusel y otra quedarse sentada en su caballo de madera de por vida, sólo dando vueltas y vueltas sin poder llegar a ninguna parte. - ¡Así es! - exclamó el carrusel y luego le hizo saber a Ana que aunque la vida la zarandee o la arroje al suelo, ella tiene que levantarse. - ¡No me dices nada nuevo! - le increpó en silencio Ana. Nadie debía notar el enojo que ella sentía y menos que se encontraba dialogando con el carrusel. Ana no quería que la gente pensara que ella estaba loca o acaso ¿lo estaba? ¿O le importaba más lo que la gente dijera de ella? El carrusel al darse cuenta que Ana estaba bien enojada, le dijo lo siguiente: - Tú no estás molesta con la vida ni con la gente a tu alrededor, sino contigo misma. Querida amiga, si tú no eres capaz de cambiar una situación, cualquiera que ésta sea, entonces, tienes que aprender a enfrentarte al reto de cambiar tú misma. Y el primer paso, de aquí en adelante, es que en cuanto te bajes de tu caballo de madera y termine la música y yo deje de girar, tú te bajes con la cabeza en alto y no cabizbaja para seguir enfrentando a la vida de la mejor manera que puedas aunque, por momentos, ésta te resulte difícil porque la vida está en un continúo movimiento (unas veces nos movemos lenta o rápidamente, contentos o tristes, pesados o ligeros), ya que lo único que está en absoluto reposo es la muerte. En cuanto el carrusel terminó de hablar, Ana se despertó pensativa. Este sueño le había dejado un mensaje, sin lugar a dudas. Y aunque todavía fuera de madrugada y ella inquieta diera vueltas de un lado a otro de su cama porque todavía no era hora de levantarse, ella se propuso que el nuevo día lo empezaría sin andar dando vueltas sobre sus propias preocupaciones. Pondría en movimiento las palabras dichas por el carrusel de sus sueños para sostenerse hoy día sobre éstas. ¿Y tú, querido lector?
Hay una creencia popular
de los indios del pueblo nativo de los Ojibwa que nos hace saber que los
atrapasueños tienen la función de filtrar los sueños. Es decir, dejan
pasar sólo los buenos sueños y las pesadillas, más bien, se quedan
atrapadas en las piedritas o cuentas (normalmente de madera) para que
después al día siguiente se las quemen con la luz del día para que así estas
pesadillas ni se repitan ni se cumplan. En cuanto a los sueños que uno
no puede recordar o cree no tener, éstos bajan lentamente por las
plumas.
Si bien yo no soy ninguna india norteamericana perteneciente al pueblo nativo de los Ojibwa, hace mucho tiempo atrás que me hice un atrapasueños. Tradicionalmente se hacen con madera de sauce, yo usé alambre y lo cubrí con lana, luego hice una red bastante floja con hilos, como si fuera una telaraña, en su interior y en la parte inferior del arco lo decoré con plumas colgantes y cuentas de plástico. Me salió bien bonito, pero como no me servía para nada lo guardé en un baúl.
Ahora que me encuentro abriéndolo, he sacado mi atrapasueños. Al sostenerlo entre mis manos comenzó a sollozar. Del susto lo boté al suelo. Cuando recuperé la compostura, mi atrapasueños o cazador de sueños (el cual no tiene ningún poder mágico porque yo no me puedo poner a quemar las cuentas cada vez que tengo pesadillas) me pidió hacer un trato con él.
- ¿Qué es lo que quieres de mí? - le pregunté seria a mi atrapasueños.
- Deseo que nos pongamos de acuerdo en algo importante para que así no te regresen las pesadillas - me dijo mi atrapasueños con voz también seria.
- Te escucho. ¡Soy toda oídos! - le dije curiosa de escuchar su propuesta.
- En primer lugar, cuélgame cerca a tu cama - me sugirió el atrapasueños. El trato que quiero proponerte es lo siguiente: para que no quemes las cuentas, como tú bien sabes, cada vez que tengas pesadillas, yo me encargaré, más bien, de capturarlas en la malla o en la red similar a una telaraña y así tus pesadillas se desvanecerán con el primer rayo de luz del amanecer. ¿Qué te parece?
- La idea me gusta. Y, si no resulta ¿qué hago contigo? - le pregunté.
- Pues, me regalas o botas a la basura, pero ¡no me devuelvas más al baúl, por favor!
Pues bien, mis pesadillas desaparecieron como por encanto por largo tiempo. Pero en cuanto regresaron de vuelta, furiosa arrojé al atrapasueños al contenedor de la basura, ubicado en el patio de mi casa, sin decir ni media palabra. Ese mismo día cuando el contenedor fué vaciado, un basurero joven y simpático, quien sufría de insomnio, encontró al atrapasueños y tanto le gustó que lo guardó en una bolsa y luego, después de trabajar recogiendo basura por casi toda el distrito de mi ciudad donde vivo, se fué a su casa. Quién diría que esa misma noche al colgar instintivamente el atrapasueños en su dormitorio, este hombre recuperó el sueño. El atrapasueños agradecido de ser salvado le regaló lo que más él deseaba: dormir. Y no sólo ésto, sino que le regaló también buenos sueños mientras que a las pesadillas las mantenía a raya.
Hoy día al encontrarme casualmente al joven basurero sacando el contenedor de la basura del patio de mi casa, él me agradeció el hecho de haberme desecho yo del atrapasueños. Al preguntarle el por qué de ese comentario suyo, él me hizo saber que su atrapasueños es mágico porque le ha devuelto el sueño. En ese momento me dí cuenta que por mi falta de fe y mi poca sensibilidad, mi ex- atrapasueños me había robado a mí el sueño para regalárselo a él. ¡Daría todo lo que tengo para tener hasta pesadillas, pero sin somníferos!
- ¡Ningún sentido tiene que yo entre a tu jaula! - gritó uno de mis sueños, el más rebelde. Y al preguntarle por qué, me dijo que si yo lo encierro se convertiría no sólo en esclavo de mis pensamientos ... él le tiene temor a mis pensamientos porque aduce que éstos no tienen ningún tipo de contenido y ...
- Pero, ¿por qué? - le interrumpí asombrada de sentirme rechazada.
- Pues, porque tú estás llena de muchas contradicciones y yo no quepo en tu jaula - me contestó el sueño rebelde. Y luego me hizo saber que yo no debo aprender sólo a sentir mis pensamientos y a pensar mis sentimientos, sino que si él entra a mi jaula se volvería en una bagatela y él no podría volverse realidad.
- Pero, si yo no te tengo en mi jaula, sí que yo me quedaré vacía - le hice saber con cierta pena en mi voz. Y luego le pregunté que si yo me quedaba sin vivir sin soñar ¿dónde quedarían mis castillos en el aire?
Después de escucharme mi sueño rebelde me dijo: - ¡Déjame volar en libertad porque sólo así yo existiré en la tierra de los sueños! Yo soy este tipo de sueño que sabe a conciencia que no podré volverme nunca en realidad, así que mejor déjame fuera de tus pensamientos para seguir volando entre tu realidad y la mía.
Empiezo a entender. Este sueño rebelde no es malo conmigo, todo lo contrario. Él no quiere herirme, pero aunque mi sueño rebelde me diga lo que diga, yo seguiré tercamente construyendo mis castillos en el aire hasta perder la razón porque la razón terminará por tener razón.
Mi sueño rebelde, después de mirarse largamente hacia adentro y de ver que yo me empeño en seguir viviendo en mi mundo de fantasía (no significa que yo huya a la irrealidad) porque soy creativa y osada para poder soportar mejor la vida (esa constante sorpresa que me hace saber que yo existo así construya o no castillos en el aire), se metió silenciosamente en mi jaula de pensamientos porque se dió
cuenta que yo no estoy vacía de éstos aunque la vida esté llena de
mucha palabrería. Por este motivo, mis castillos en el aire le dan sentido a mi vida por el mismo hecho que ésta, por momentos, carezca de sentido.
Quizás debas tú, querido lector, encerrarme en una jaula para evitar que yo siga soñando despierta hasta que mi vida adquiera sentido o esperar a que mis más importantes momentos de la vida vengan por sí solos aunque esperar por ellos no tenga ningún sentido.
MARiSOL
Castillos en el aire de Alberto Cortéz Quiso volar igual que las gaviotas,
libre en el aire, por el aire libre
y los demás dijeron, "¡pobre idiota,
no sabe que volar es imposible!".
Mas él alzó sus sueños hacia el cielo
y poco a poco, fue ganando altura
y los demás, quedaron en el suelo
guardando la cordura.
Y construyó, castillos en aire
a pleno sol, con nubes de algodón,
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.
Y construyó ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocó al duende de las cosas
que tiene mucho que ver con el amor.
En los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
"No vaya a ser que fuera contagioso..."
tratar de ser feliz de aquella forma.
La conclusión, es clara y contundente,
lo condenaron por su chifladura
a convivir de nuevo con la gente,
vestido de cordura.
Por construir castillos en el aire
a pleno sol, con nubes de algodón
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.
Y por abrir ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocar al duende de las cosas
que tienen mucho que ver con el amor.
Acaba aquí la historia del idiota
que por el aire, como el aire libre,
quiso volar igual que las gaviotas...,
pero eso es imposible..., ¿o no?...
Todos sabemos que Morfeo no sólo es el hijo del Dios de los sueños llamado Hipnos y de Nix, quien es no sólo la noche, sino también su madre. Es sabido también que Morfeo, hace mucho tiempo ya, se encargaba de llevar el sueño a reyes y emperadores.Hoy en día cualquier mortal puede hacer uso de él. Desde hace siglos que él, mientras bate rápida y silenciosamente sus alas, va volando a cualquier rincón de la Tierra mientras atravieza mares, desiertos e inmensas montañas, para llegar a su destino cuando alquien lo necesita, sobre todo, por sufrir de insomnio.
Morfeo no sólo se encarga de inducir los sueños de quienes duermen en sus brazos, sino que adopta la apariencia humana de un ser querido mientras se aparece en sus sueños. En comparación de su hermano Fobétor, llamado también Iquelo (encargado de manipular, modificar o devorar los sueños apareciendo disfrazado de animal o monstruo) o de su hermano Fantaso (encargado de aparecerse como roca, agua o árbol en los sueños), la tarea de Morfeo me agrada mucho más. Más de una vez él me ha arrullado en sus brazos hasta quedarme dormida. Y como mi esposo no es celoso, mejor para mí. Morfeo es un ser especial. Te quedas dormido rápidamente en sus brazos, que por cierto son unos brazos mágicos. O será la voz cálida de Morfeo la que me hace dormir en un dos por tres. Te lo recomiendo, querido lector. Pero espero que Morfeo regrese pronto de sus vacaciones.
Desde hace unas pocas horas Morfeo me ha hecho saber que se quedará por una temporada al sur del Perú. Me ha mandado un email para decirme que va a tomar unas vacaciones en esa parte del mundo hasta que recupere nuevamente las ganas de ir de un lugar a otro regalando sueño. Al preguntarle el por qué, Morfeo me hizo saber que ha conocido, por equivocación, a una mujer muy simpática llamada Rita. Él pensó que ella lo necesitaba. Pero Morfeo no sólo se equivocó, sino que se quedó perplejo cuando ella lo retó riéndose a que fuera ella quien lo abrazara. En realidad era la primera vez que alguien se ofrecía a arrullarlo en sus brazos, pues, él siempre había sido quien se encargaba de sostener en sus brazos a toda persona que lo necesitara. Pues bien, Morfeo al darse cuenta que el reto no sólo se ha convertido en una necesidad, sino que tambien se ha sentido feliz y relajado en los brazos de Rita, ha decidido quedarse en su casa por un tiempo. Quiere recuperar las fuerzas y ganas perdidas y también quiere dormir puesto que desde hace siglos que no lo hace por estar ayudando a otros a dormir.
La única manera para que ningún Dios del Olimpo (incluyendo a sus propios padres y hermanos) encuentre a Morfeo es cortarse las alas. Pero como a Rita esta idea no le gusta nada, le ha dicho a él que les diga a los otros dioses griegos, sobre todo a Zeus (quien ya lo ha castigado (a Morfeo) por haber revelado secretos a los mortales a través de sus sueños), que necesita quedarse en esa parte del mundo (donde ella vive), porque muchísima gente sufre de insomnio. Como Rita conoce a mucha gente no sólo en su propio país, sino también en el extranjero, no le costará recabar firmas para apoyar esta mentira en pos de la salud de Morfeo. Yo pienso dar mi firma. ¿Y tú?
Alicia abrió la ventana de su subconsciente para dejar escapar sus más profundos pensamientos y
sentimientos, quizás porque éstos no pueden escapar a la sentencia de su destino. Y es que en el mundo de los sueños podemos no sólo ser todo y nada, sino que nuestros sueños se convierten en recuerdos y anhelos. ¿Y qué pasa con los temores? No sé si yo esté errada y mejor dejo cerrada mi propia ventana para no saber qué es lo que me espera al otro lado de la cortina. Pero, ¿y qué pasa con la ventana de Alicia?
Alicia me miró y haciendo que mis palabras se volvieran insignificantes me dijo:
-Nuestros sueños nos ayudan a mantenernos jóvenes. ¿Qué sería de nosotros sin ilusiones?
- Pero yo no quiero tan sólo mirar en dirección a ese tipo de sueños - le respondí a mi amiga.
- ¿Y por qué no? - me preguntó Alicia un tanto disgustada.
- Pues, porque no quiero volverme, al final, sólo en la sombra de éstos - le contesté sin saber si lo que yo decía era cierto.
Alicia dándose cuenta de mis dudas me hizo saber que los sueños o ilusiones forman parte de la vida, de esa que se encuentra no siempre a nuestro lado, sino en el porvenir ... ese futuro por venir que todavía no ha llegado a mirarnos cara a cara porque no sabe si colocar mis sueños y los de ella en un lugar un poco cómodo: en nuestro saber.
Después de escuchar a mi amiga le pregunté:
- ¿Cuándo es mejor soñar, de día o de noche?
Alicia, antes de responderme, me preguntó si yo me refería a dormir despierta. Al decirle que sí, porque al día lo asocio con estar despierta aunque haya gente que duerme de día y está despierta de noche, mi amiga me dijo que las personas que sueñan de día son mucho más conscientes de muchas cosas que aquellas que sólo sueñan de noche ya que el subconsciente (la parte más profunda de nuestra mente) toma el control de nuestra mente y comienza a hilar toda la información que por ésta ha desfilado a lo largo de todo el día para comenzar a hablarnos en el lenguaje de los símbolos ... ese lenguaje raro y misterioso al cual no estamos acostumbrados de entender.
- Prefiero los sueños de día, esos sueños que son las ilusiones que me sostienen para vivir - le contesté a Alicia y luego le hice saber que los símbolos, ésos que se presentan de noche, me pueden llegar, por momentos, a atemorizar.
- Entonces, deja la ventana abierta de tu dormitorio para que éstos se escapen por ésta - me dijo Alicia retándome.
- ¡No! - un grito inesperado salió de mi garganta. Si bien con estos sueños no podré construir castillos en el aire, por lo menos, podré ver las señales que éstos emiten. Nunca se sabe si estas señales me pueden llevar a abrir de par en par la ventana de mi futuro ... ese futuro que se avecina a sesenta minutos por hora en pos de mis más queridos sueños.
Alicia me miró en silencio. Ella ya no sabe de qué tipo de sueño ambas hablamos. No importa ya. Lo único que yo sé es que en la tierra de los sueños mi espíritu inquieto abre la ventana, ya que la puerta de la razón está cerrada con llave, para poder salir volando por ésta y así vivir mis ilusiones en libertad.
Al convertirme en pájaro me doy cuenta que razonar yo no quiero, sólo sostener mis ilusiones sobre las alas de mi propia imaginación para salir volando ya no sólo a través de la ventana (del subconsciente, dormitorio o futuro), sino hacia la vida.
Desde hace una semana que a Rebeca se le aparece un caballo blanco cuando ella sale a pasear a la playa que tiene cerca de su casa. Se ha dado cuenta que sólo ella lo ve porque ayer, cuando una pareja de ancianos, vecinos suyos, que salieron también como ella a caminar al lado del mar, la saludaron cordialmente, no vieron al caballo blanco que se encontraba parado al lado de ella.
Rebeca ha pensado que hoy día irá a visitar a una vecina suya, la señora Gabor, quien sólo pocas personas saben lo especial que es ella. Es vidente, pero ella no lee las cartas del Tarot. No. Ella ve con el alma el alma de otras personas. Es así como Rebeca al tocar a la puerta de su vecina, inmediatamente ella la hizo entrar y le hizo saber que la esperaba ya que ayer había visto también al caballo blanco cuando salió a pasear a la playa. Le hizo saber que a prudente distancia había observado como ese animal besó la frente de ella, de Rebeca, y luego como se alejó galopando hacia el mar hasta desaparecer por completo.
- Usted, señora Gabor, también lo ha visto - dijo con voz temblorosa Rebeca.
- Sí - le respondió la anciana y luego le dijo que ella sintió que había un nexo amoroso entre ese animal y ella (Rebeca) pero para poder saber más, ella necesitaba estar cerca del caballo.
- Podríamos salir juntas a caminar - sugirió Rebeca.
- ¡Excelente idea! - dijo la anciana y luego le preguntó a Rebeca si el caballo le había dicho o hecho algo más fuera de besarla en la frente.
- Pues, sí - respondió Rebeca y le hizo saber que el primer día cuando se le apareció el caballo blanco con una de sus patas delanteras había dibujado un corazón en la arena y, en los demás días, sólo le había besado la frente y luego desaparecía.
- Algo quiero saber - le dijo la anciana. ¿Este caballo se te ha aparecido a la misma hora?
- Sí, a las 8 de la mañana cuando salgo a caminar por media hora antes de irme a trabajar - le respondió Rebeca.
- Mañana me vienes a buscar un poco antes de esa hora. Y ven toda vestida de blanco, lo mismo haré yo - respondió la anciana.
- ¿Por qué? - preguntó Rebeca curiosa.
- Mañana lo sabrás. Abrígate bien porque tendremos un poco de frío y nubes pero sin lluvia - repondió la señora Gabor y luego se despidieron.
Pasaron las horas ...
Cuando ya se encontraban la vidente y Rebeca caminando a la orilla del mar, ambas vieron como el caballo blanco salía de las profundidades del mar y se acercaba hacia ellas.
En cuanto el animal estuvo delante de ellas, fué la anciana quien se puso entre Rebeca y el caballo y al animal le dijo:
- Tu mirada delata mucha tristeza. ¡Déjame tocarte! Sólo así podré leer tus pensamientos.
El caballo se acercó más. Y sin poner ninguna resistencia se dejó acariciar por la señora Gabor. Luego, después de un rato, ella tocando el pecho del animal, le dijo a Rebeca:
- No es ningún espíritu el que tienes delante tuyo. Este animal se ha escapado de los sueños de la persona que te extraña y añora. Su amor es auténtico. Es más que seguro que esta persona vive en otro continente y ahora allá es de madrugada.
Al escuchar lo que la anciana vidente le dijo a Rebeca, el caballo dió un par de pasos para atrás y relinchó mientras movía la cabeza de arriba hacia abajo en señal de aprobación.
Rebeca, después de escuchar a su vecina y ver la reacción del animal, se acercó a éste y lo abrazó. Al oído ella le pidió que regresara al sueño de donde había salido para hacerle saber a Vicente que ella no se había olvidado de él y que le deseaba todo lo mejor aunque sus caminos de vida fueran completamente diferentes.
Cuando terminó de hablar Rebeca y ver junto con su vecina como se alejaba el caballo blanco en dirección al mar, el vestido de lana de Rebeca se tiñó de rojo y su larga chaqueta blanca también mientras que la chompa, pantalón y poncho de la señora Gabor se tiñeron de negro.
Al quedarse ya las dos solas, la anciana tomó la palabra y le dijo:
- Rebeca, él no te quiere, te ama. No lo olvides nunca. Sus motivos tiene para no volver a ti, por el momento, pero ¡qué hermoso es saber que alguien te piense siempre y que en sus sueños pueda encontrarse contigo para demostrarte su amor!
- ¿Y por qué las vestimentas de Usted son negras y no se han teñido de rojo como las mías? - le preguntó Rebeca a su vecina.
- Porque él me ha hecho entender que tiene muchos problemas y que ni tú ni yo lo podemos ayudar. Por este motivo él no te quiere involucrar en ellos porque la magia entre ustedes dos se terminaría rompiendo en mil pedazos al caer sobre el suelo de la realidad - contestó la señora Gabor.
- ¿Y por qué Vicente se presenta como un caballo y no como una gaviota, por ejemplo? - preguntó Rebeca curiosa.
- Seguramente él se identifica más con la figura del caballo porque representa poder, nobleza, fuerza, coraje, trabajo y libertad mientras la gaviota transmite sólo la sensación de libertad cuando se pierde sobre el
horizonte marino, o porque representa a la compañera habitual de
los que se inspiran a orillas de la playa. Y Vicente no es un compañero habitual, Rebeca. Justamente él le teme a la cotidianidad ... - respondió la señora Gabor. Más no quería hablar sobre él. - ¿Por qué se ha hecho presente Vicente ahora y no antes? - preguntó Rebeca desconcertada. La señora Gabor sonriendo le dijo: - Pues, porque desde hace un par de meses que vives junto con tu esposo frente al mar. Antes viviste con él y tus cuatro hijos, por muchos años, en pleno centro de la ciudad. Un lugar no propicio para esta clase de encuentros. Luego ella se despidió y regresó a su casa.
Rebeca continuó caminando...Durante dos días más se le apareció el caballo blanco y luego ya no más. Pero no se puso triste porque su vecina vidente le dijo que el caballo blanco regresaría a la misma playa en poco tiempo.
******* Sé por mi madre que, por el momento, Vicente ha cambiado de continente; está en el nuestro, y se levanta a la misma hora o más temprano que mi amiga Rebeca. A ella yo le he sugerido que se haga un tatuaje de una cabeza de caballo en un brazo, pero ella no quiere. Más bien, ella ha colgado un pequeño pero hermoso cuadro de un caballo blanco corriendo a la orilla del mar en su oficina.
Antes de terminar, quiero presentarme. Soy Irma, abogada como Rebeca. Trabajamos juntas en un estudio grande de abogados, y por mí ella se enteró de la venta de la casa, donde ahora ella vive con su esposo. Si bien Rebeca sabe que yo soy hija de su vecina vidente, no sabe y menos su esposo, porque él no cree ni en poderes mágicos ni en cartas del Tarot, que yo soy vidente igual que mi madre. En realidad, somos más que videntes.... Bien, pero no quiero irme por las ramas ... Mi madre me ha comentado ayer por teléfono que el caballo blanco vendrá, cuando sea el momento indicado, a encontrarse personalmente con Rebeca, pero vendrá con su vestimenta de ser humano ... esa vestimenta que llevamos todos puesta desde que nacemos. Unos, con esta vestimenta encuentran la respuesta de quiénes son y por qué viven, otros no aunque ésta sea de oro. Pero a mí esto me tiene sin cuidado. Yo, por mi lado, sé lo que quiero: seguir trabajando como abogada y disfrutar de mi vida de soltera. Y de Rebeca te puedo contar que está jugando con la idea de no trabajar más como abogada, sino de dedicarse a pintar cuadros y venderlos. No lo hace nada mal. Pero yo no quiero hablar del sentido de la vida de ninguna de las dos, sino, más bien, quiero contarte, querido lector, que a mí lo que más me ha impresionado, después de haber hablado con mi madre, es la fuerza del amor existente entre Vicente y Rebeca después de más de tres décadas sin verse. Estos dos corazones tienen poderosas razones que tanto mi madre como yo logramos comprender porque entendemos su lenguaje... ese lenguaje que no entiende ni de distancias ni de tiempos. Ese lenguaje, del amor constante y puro, habla por sí solo a través de la figura del caballo blanco de Vicente y del cuadro pintado por Rebeca.
- Debo soltarla - se dijo Anita a sí misma. Es hora de dejar volar a mi cometa y mantenerla alejada de mí. Y es que hay momentos en la vida donde no podemos aferrarnos al pasado aunque así lo deseemos.Y es que ella forma parte de ese pasado, el cual ya no me pertenece. Así que, más bien, que ella siga volando alto y en contra del viento, porque a su favor, no llegará a ninguna parte, y menos, regresará a mis sueños...a esos sueñosde los cuales no puedo yo retornar porque la realidad ya no los quiere más a su lado.
Anita no es que esté triste, ya no. Ahora ella ha tomado conciencia del cambio que se está dando en su vida.Ella ahora sabe que si corre tras el pasado, lo único que conseguiría es correr sólo tras su cometa, pero no tras el viento que la vida sopla ante la realidad ... esa realidadque nos recuerdaque todo lo real es racional y viceversa.
- Será porque yo soy un ser racional y no razonable - se dice a sí misma Anita mientras ve como su cometa se suelta de su vida para volar lejos ... allá donde vuela más lejos su corazón que su espíritu inquieto y rebelde.
Y mientras yo soy testigo como la cometa de Anita desaparece de nuestra vista, yo entiendo por qué sus palabras se las lleva el viento .. ese viento que no quiere correr más tras el pasado porque está escrito no sólo en la memoria de mi cometa, sino de la mía también.
"Quisiera construir un puente mágico del mismo material que tejo mis sueños. Pero no es posible. Quizás ya sea hora que despierte y deje de soñar". El maral escuchar mis pensamientos me dice agitado: - ¡No! No debes rechazar tus sueños porque sin ilusiones tu mundo interior sería tan árido como un desierto. - Pero, acaso ¿no es cierto que vivir soñando es no existir?Mi pregunta suena a reproche.Es un repoche tan duro como una piedra.
El mar permanece un momento en silencio y luego me dice:
- Construye ese puenteque quieres, pero no te olvides de contruir los cimientos que deben estar debajo de él.
- Pero yo no soy un buen ingeniero. Soy solamente una vendedora de sueños locos e imposibles. Me tiembla la voz. No quiero estar molesta.
Esta vez el mar me manda una ola con la respuesta deseada:
- Mira, aprende a seguir las señales que escuches desde el fondo de tu alma. ¡Ah! Lo importante es que no renuncies a tus sueños, siempre y cuando éstos sean moderados para que tu querido puentete lleve hacia ellos ahora y siempre.
Sandro: Sólo pocos son los que sospechan de tu desazón y desaliento. Mas yo no. Sé con seguridad que en tu soledad solitaria yo sigo aún viviendo en ti. Mas no deseo que tú sufras mi ausencia, ¿sabes? Si bien yo sé que tú, Sandro, eres un simulador sobresaliente, sustituirme sería, sin duda alguna, un seguro suicidio. ¿No crees? Acaso, un sacrilegio. Sé también que tú, desde lejos, sigues sigilosamente en tu subconsciente mi silueta solemne. No me sorprende tanto sentimentalismo tuyo porque sé que tú me quieres sinceramente.
Sandro, ¿te siguen subyugando desde mi sencilla sabiduría, simpática sociabilidad y sabrosa superficialidad hasta mi serena soberbia y mis serias sublevaciones? ¿Te siguen sobrecogiendo mis suturas, sinsabores y sacrificios? Sé que tú eres sensible a mis sentidos sufrimientos, sagrados secretos y a mis siniestros signos de sobrevivencia. Mas te pregunto si yo soy sólo una sugestión solapada y una realidad sinrazón o surrealista ante tus ojos. Espero no sólo satisfacerte como un simple souvenir.
¿Es verdad que yo soy tu sur, sol, semilla y sangre subtropical? No sufras más en silencio por no saberme cerca tuyo. Y aunque un mar sediento de símbolos de siglos nos separe, yo saldré siempre a saludarte en tus sueños saltando sobre suaves senderos sembrados de sándalos aún sin saber si tú, Sandro Santillana, sigues sintiendo simpatía por mí.
Y aunque sombras de sabor salado deseen sentarse sobre tu ser y sean sentimentales señales de una sinfonía sinfín y tú estés separado de mi suelo soberano de seda salvaje, sacude, Sandro, tu sudor salino, así sea entre silbidos, siseos y susurros mientras bailas una salsa o samba y saboreas mi nombre solemne en silencio. Espero que tú nunca sepultes en un santiamén tu sinigual amor por mí. Sarcástica no soy; sólo sinceramente sensible a tus sentires.
- "Mamá, ¡soñé con un delfín!" - me dijo emocionado mi hijo Simón de ocho años al acercarse a mi lado.
-"¿Y te gustó lo que soñaste?" - le pregunté curiosa mientras le servía su desayuno sobre la mesa de la cocina. Teníamos unos minutos para conversar antes que se fuera caminando a la escuela que quedaba, por suerte, no lejos de casa.
-"¡Sí, sí! Me veía sentado sobre él y esa sensación fué ¡tan real, mamá!" - y mientras me sonreía complacido continuó- "Y no sentía miedo alguno; todo lo contrario me sentía feliz. Hasta pude sentir el agua, era bien fría pero no me importó para nada."
Y mientras me lo decía no sólo sus ojos color mar se le iluminaron, sino los míos también. Si mal no recuerdo dicen que cuando uno sueña que está montado sobre un delfín es porque representa su optimismo y altruismo social. Y en realidad, es cierto porque Simón es un muchachito que piensa no sólo en positivo -igual que su padre-, sino porque tiene un alma buena y es un buen amigo.
Luego recordé algo que no me gustó y tímidamente le pregunté:
- "Díme, Simón, ¿soñaste con un delfín o con varios más?"
- "Pues, sólo con uno, mamá - me respondió mi hijo mientras sus ojos me interrogaban curiosos sin poder entender el motivo de mi extraña pregunta.
- "Te pregunto esto porque, si no me equivoco, dicen que soñar con varios delfines significa que uno puede perder las amistades."
- "Pero, mamá, ¡si tengo muchos amiguitos en la escuela!" - me contestó riendo Simón.
Y después de preguntarle nuevamente si estaba seguro de haber soñado con un solo delfín, me contestó:
- "Ya te he dicho que soñé con uno solo y nada más" - y al decirme esta frase me guiñó un ojo. Y luego agregó divertido: "También nadé al lado del delfín. Y esto que aún en realidad no sé nadar muy bien."
- "Aprenderás a nadar, ya verás" - le respondí y en seguida le comenté: "Soñar que uno nada con un delfín protector a tu lado significa que cuentas con amigos fieles y sinceros."
Simón me miró largamente y después me preguntó:
- "Mamá, ¿tú crees mucho en el significado de los sueños?"
- "Pues, sí y no" - le contesté pensativa mientras revolvía mi café con leche. Y sin poderme contener le hice una última pregunta -"¿Viste a tu delfín fuera del agua?"
Simón riéndose a carcajadas me contestó mientras terminaba de tomar su desayuno:
-"No, claro que no!"
Respirando aliviada le comenté que si uno sueña con un delfín fuera del agua significa que seremos engañados. Pero como éste no era su caso, cambiamos de tema.
Ya al despedirnos y cerrar la puerta tras de mí pensé que lo único que deseaba para mi querido hijo era que no sólo se mantuviera en su mundo de sueños de niño inocente por largo tiempo, sino que como adulto no perdiera su positivismo para cuando deseara hacer realidad un sueño suyo.
Marisol
Esta canción (la del vídeo) fué compuesta por el cantautor argentino Diego Torres y por el cantautor peruano Gian Marco Zignago para la película "El delfín. La historia de un soñador" basada en el cuento -que lleva el mismo nombre- del escritor peruano Sergio Bambarén. Si deseas visitar su página web, haz clic en:
- ¡No me vengas con niñerías, Iñaqui! - gruñó la huraña de mi ñaña Ñusta con la boca llena de ñoquis y ciñendo la frente añadió con saña - No te engañes. Tú sólo eres albañil. ¡Nunca serás escritor; eres muy leño y ñoño!
Sus palabras me hacen daño. No quiero que haga añicos mi mañana. Y después de dar un puñetazo sobre la mesa, la reñí diciendo: - ¡Leñe! Y tú eres una ñiquiñaque. Eres como una ñacanina que se complace en darme ñangadas bien ñames, Ñusta.
Si bien callé a mi ñaña, siento una ñácara en este alma mía que guarda aún una ñisca de esperanza... Necesito un coñac aunque esté bañado en sudor.
De un ñandubay bien ñeque nos observa extrañado un ñacurutú; al guiñarme un ojo, me anima a seguir escribiendo.... mis sueños.
Marisol
He jugado con la "ñ".
Vocabulario
¡leñe!: interjección con que se denota fastidio y molestia.
leño: persona con poco talento
ñaña: hermana mayor (Argent. y Chile).
ñiquiñaque: persona despreciable
ñacanina: víbora grande y venenosa
ñangadas: mordiscos (Amér. Central)
ñames: muy grandes (Amér.)
ñácara: llaga (Amér. Central)
ñacurutú: ave nocturna, especie de lechuza. (Amér.)
ñandubay: árbol de madera rojiza (Amér.)
ñeque: fuerte, vigoroso (Amér.)
ñisca: pedacito (Amér.)
ñoño: viejo, chocho (Amér.)
ñusta: palabra quechua; significa princesa