sábado, 19 de septiembre de 2026

La casa frente al mar



Nunca olvidaré la casa de mis abuelos, ahora ya inexistente. Esa casa, blanca y luminosa, con ventanas que se abrían cada mañana al azul- gris infinito del Océano Pacifico, parecía haber nacido de un sueño. La recuerdo decorada con muchos  muebles antiguos y elegantes, con su inmensa cocina, su biblioteca. Las demás habitaciones también las puedo aún ver en mi memoria. 

Mi abuela decoró su casa con buen gusto y también la vistió de hortensias y buganvillas. En el jardín interior se encontraban las hortensias rosadas y violetas y en la parte exterior de la casa las buganvillas derramaban sus colores como cascadas de fuego vestidas de alegría. Hasta el día de hoy tanto las hortensias como las buganvillas son mis flores favoritas.

Durante muchos años esa casa fue mi mundo donde mis padres, hermanos y abuelo lo habitamos. Si bien mi abuela falleció cuando yo era muy pequeña, me la imagino regando sus flores al atardecer mientras mi abuelo contemplaba de pie el horizonte en silencio. A mí, hasta el día  de hoy, me gusta contemplarlo, sobre todo, las puestas de sol porque me imagino que el mar tiene la extraña virtud de llevarse las preocupaciones y darle la bienvenida a los sueños aunque éstos nunca se hagan realidad.

En aquella casa aprendí que la felicidad se dejaba ver no sólo entre hortensias y buganvillas, sino en la voz querida de mi abuelo, ya viudo, llamándonos a la mesa, despertándonos para ir al colegio o contándonos cuentos inventados por él a mis hermanos y a mí.

Si bien esa casa, desde hace años, murió físicamente, aún siga viva en la memoria de mi corazón porque cada vez que cierro los ojos, vuelvo a verla: blanca frente al mar y cubierta de flores mientras me veo como un fantasma recorriéndola por dentro, yendo de habitación en habitación, en silencio.

Sinceramente, querido lector, algunas casas nunca desaparecen porque se quedan viviendo dentro de nosotros, sobre todo, cuando la memoria (aunque algunos recuerdos nos duelan) convierte el pasado en un lugar al que siempre podemos regresar para no olvidar quienes fuimos, quienes somos y seremos. Y es que la memoria es el hilo invisible que une lo que fuimos con lo que somos y aquello que aún seremos, querido lector. 

Si bien los recuerdos como la casa frente al mar no viven solamente en el pasado, más bien, nos acompañan, nos transforman, y de  algún modo, siguen escribiendo nuestra historia de vida. ¿Y sabes por qué, querido lector? Pues, porque somos también la huella de quienes fuimos y la esperanza de quienes todavía estamos destinados a ser.
 
MARiSOL