En un pequeño pueblo rodeado de montañas se celebraban cada año dos eventos muy esperados: la gran carrera de caballos y la tradicional parada de borricos.
La carrera reunía a los animales más veloces de la región. Los caballos lucían brillantes crines, herraduras nuevas y jinetes elegantes. Todos admiraban especialmente a Relámpago, un caballo famoso por ganar siempre. Era rápido, orgulloso y no perdía ocasión de burlarse de los demás animales.
—La vida es para los veloces —decía mientras levantaba polvo con sus patas—. Los lentos nacieron para mirar desde lejos.
Al otro lado del pueblo, los borricos preparaban su desfile. Caminaban despacio, cargando flores, panes y herramientas del campo. Entre ellos estaba Niebla, un burro gris de mirada tranquila. No era fuerte ni rápido, pero ayudaba a cualquiera que lo necesitara.
Relámpago solía reírse de él.
—¿Y tú qué haces en las fiestas? ¿Dormirte mientras avanzas?
Niebla sonreía sin molestarse.
—Cada uno tiene su paso —respondía—. Lo importante es llegar sin perder el corazón.
El día de la carrera llegó con un cielo despejado. El pueblo entero gritaba emocionado. Relámpago salió disparado desde el inicio, dejando atrás a todos. El público aplaudía mientras él disfrutaba sentirse invencible.
Pero a mitad del recorrido, el caballo vio un atajo estrecho por el bosque.
—Si tomo ese camino, ganaré aún más rápido —pensó.
Sin escuchar las advertencias de un viejo campesino, giró hacia el bosque. Al principio avanzó veloz, pero pronto el suelo se volvió lodoso. Sus patas quedaron atrapadas entre raíces y barro. Cuanto más se esforzaba, más se hundía.
Mientras tanto, la parada de borricos avanzaba lentamente por el camino principal. Niebla escuchó relinchos desesperados en el bosque y se separó del grupo.
Encontró a Relámpago agotado y cubierto de barro.
—Ayúdame —dijo el caballo, avergonzado—. No puedo salir.
Niebla no se burló. Buscó ramas firmes, llamó a otros borricos y, entre todos, tiraron con paciencia hasta liberar al caballo.
Relámpago llegó tarde a la meta. Había perdido la carrera por primera vez. Esperaba risas y humillaciones, pero el pueblo hablaba de otra cosa: del burrito que había dejado su desfile para ayudar a quien siempre lo despreciaba.
Aquella noche, Relámpago se acercó a Niebla.
—Hoy entendí algo —dijo bajando la cabeza—. La velocidad puede hacerte ganar carreras, pero solo la humildad y la bondad hacen que los demás quieran caminar contigo.
Niebla sonrió.
—Y hasta el más rápido necesita ayuda alguna vez.
Desde entonces, en el pueblo siguieron celebrándose las carreras y las paradas de borricos. Pero nunca olvidaron que el verdadero valor no se mide por quién llega primero, sino por quién es capaz de tender la mano en el camino.
Aquí te dejo para reflexionar, querido lector, la siguiente moraleja:
La arrogancia puede llevarte lejos por un momento, pero la humildad y la bondad son las que realmente te hacen grande.
Érase una vez un caballo, tan negro como la noche, que tenía de mejor amigo a un cuervo, también igualmente negro como la noche.Ambos se encontraban conversando cuando yo llegué de puntillas a observarlos para escuchar su conversación.
- Hoy día me siento triste - le dijo el cuervo mientras lo miraba con la cabeza gacha.
- ¿Por qué? - le preguntó el caballo de color azabache.
- Pues, porque hace un rato me he enterado que mi significado simbólico es negativo, triste y poco halagüeño. Y se me imputa de ser un animal solitario y muy entrometido en los asuntos de los hombres. Se supone que yo presagio enfermedades y actuó además como aviso de la muerte. Pero, no es cierto. Tú me conoces - le dijo compungidamente el cuervo a su amigo équido y luego agregó que a las personas que escuchó hablar sobre él finalmente dijeron: ¡Ay, pero que feo es este cuervo!
El caballo, después de contemplarlo un ratito le dijo de manera cariñosa:
- Yo veo en ti no sólo a un buen amigo, sino que además eres muy inteligente y sabes volar con destreza y elegancia.
- Pero, ¡no dejo de ser feo! - le refutó el cuervo. Tú, en cambio eres perfecto. Todo mundo te admira por tu belleza. Además, tú a parte de ser un animal noble, engrandeces al hombre, porque le confieres más fuerza, más poder, más gallardía y ...
- ¡Alto! No sigas hablando - le interrumpió el caballo. No te compares conmigo. Es dañino. Lo que cuenta es la belleza interior ... ésa que no todos pueden ver.
- Sí, todo me parece estupendo lo que dices. Pero yo no dejo de ser un animal feo - dijo resignado el cuervo.
- Mira, ¡sácate esa idea tonta de la cabeza! Tú para mí eres bello porque tienes un alma buena. Y tu amistad la valoro más de lo que te puedes imaginar - le hizo saber el caballo.
El cuervo lo miró, pero no se sentía convencido de las palabras de su amigo. Al entender su mirada, el caballo le dijo de manera enérgica:
- ¡Colócate encima de mi cabeza!
- ¿Por qué? - le preguntó desconcertado el cuervo.
- Alguna vez yo escuché a mi amo decir esta frase de Víctor Hugo: La belleza es la frente; el amor, la corona.
El cuervo sonrió agradecido. Entendió el mensaje. Más que ser bello, era más importante ser el representante del amor. Y, sí, ¡quería a su amigo equino con toda el alma!
Desde ese momento, cada vez que el cuervo y el caballo se encuentran, el cuervo casi siempre se posa sobre la cabeza de su amigo para embellecerlo aún más con su corona de plumas.
Y yo cuando los veo juntos admiro la belleza de su sincera amistad.
Desde hace una semana que a Rebeca se le aparece un caballo blanco cuando ella sale a pasear a la playa que tiene cerca de su casa. Se ha dado cuenta que sólo ella lo ve porque ayer, cuando una pareja de ancianos, vecinos suyos, que salieron también como ella a caminar al lado del mar, la saludaron cordialmente, no vieron al caballo blanco que se encontraba parado al lado de ella.
Rebeca ha pensado que hoy día irá a visitar a una vecina suya, la señora Gabor, quien sólo pocas personas saben lo especial que es ella. Es vidente, pero ella no lee las cartas del Tarot. No. Ella ve con el alma el alma de otras personas. Es así como Rebeca al tocar a la puerta de su vecina, inmediatamente ella la hizo entrar y le hizo saber que la esperaba ya que ayer había visto también al caballo blanco cuando salió a pasear a la playa. Le hizo saber que a prudente distancia había observado como ese animal besó la frente de ella, de Rebeca, y luego como se alejó galopando hacia el mar hasta desaparecer por completo.
- Usted, señora Gabor, también lo ha visto - dijo con voz temblorosa Rebeca.
- Sí - le respondió la anciana y luego le dijo que ella sintió que había un nexo amoroso entre ese animal y ella (Rebeca) pero para poder saber más, ella necesitaba estar cerca del caballo.
- Podríamos salir juntas a caminar - sugirió Rebeca.
- ¡Excelente idea! - dijo la anciana y luego le preguntó a Rebeca si el caballo le había dicho o hecho algo más fuera de besarla en la frente.
- Pues, sí - respondió Rebeca y le hizo saber que el primer día cuando se le apareció el caballo blanco con una de sus patas delanteras había dibujado un corazón en la arena y, en los demás días, sólo le había besado la frente y luego desaparecía.
- Algo quiero saber - le dijo la anciana. ¿Este caballo se te ha aparecido a la misma hora?
- Sí, a las 8 de la mañana cuando salgo a caminar por media hora antes de irme a trabajar - le respondió Rebeca.
- Mañana me vienes a buscar un poco antes de esa hora. Y ven toda vestida de blanco, lo mismo haré yo - respondió la anciana.
- ¿Por qué? - preguntó Rebeca curiosa.
- Mañana lo sabrás. Abrígate bien porque tendremos un poco de frío y nubes pero sin lluvia - repondió la señora Gabor y luego se despidieron.
Pasaron las horas ...
Cuando ya se encontraban la vidente y Rebeca caminando a la orilla del mar, ambas vieron como el caballo blanco salía de las profundidades del mar y se acercaba hacia ellas.
En cuanto el animal estuvo delante de ellas, fué la anciana quien se puso entre Rebeca y el caballo y al animal le dijo:
- Tu mirada delata mucha tristeza. ¡Déjame tocarte! Sólo así podré leer tus pensamientos.
El caballo se acercó más. Y sin poner ninguna resistencia se dejó acariciar por la señora Gabor. Luego, después de un rato, ella tocando el pecho del animal, le dijo a Rebeca:
- No es ningún espíritu el que tienes delante tuyo. Este animal se ha escapado de los sueños de la persona que te extraña y añora. Su amor es auténtico. Es más que seguro que esta persona vive en otro continente y ahora allá es de madrugada.
Al escuchar lo que la anciana vidente le dijo a Rebeca, el caballo dió un par de pasos para atrás y relinchó mientras movía la cabeza de arriba hacia abajo en señal de aprobación.
Rebeca, después de escuchar a su vecina y ver la reacción del animal, se acercó a éste y lo abrazó. Al oído ella le pidió que regresara al sueño de donde había salido para hacerle saber a Vicente que ella no se había olvidado de él y que le deseaba todo lo mejor aunque sus caminos de vida fueran completamente diferentes.
Cuando terminó de hablar Rebeca y ver junto con su vecina como se alejaba el caballo blanco en dirección al mar, el vestido de lana de Rebeca se tiñó de rojo y su larga chaqueta blanca también mientras que la chompa, pantalón y poncho de la señora Gabor se tiñeron de negro.
Al quedarse ya las dos solas, la anciana tomó la palabra y le dijo:
- Rebeca, él no te quiere, te ama. No lo olvides nunca. Sus motivos tiene para no volver a ti, por el momento, pero ¡qué hermoso es saber que alguien te piense siempre y que en sus sueños pueda encontrarse contigo para demostrarte su amor!
- ¿Y por qué las vestimentas de Usted son negras y no se han teñido de rojo como las mías? - le preguntó Rebeca a su vecina.
- Porque él me ha hecho entender que tiene muchos problemas y que ni tú ni yo lo podemos ayudar. Por este motivo él no te quiere involucrar en ellos porque la magia entre ustedes dos se terminaría rompiendo en mil pedazos al caer sobre el suelo de la realidad - contestó la señora Gabor.
- ¿Y por qué Vicente se presenta como un caballo y no como una gaviota, por ejemplo? - preguntó Rebeca curiosa.
- Seguramente él se identifica más con la figura del caballo porque representa poder, nobleza, fuerza, coraje, trabajo y libertad mientras la gaviota transmite sólo la sensación de libertad cuando se pierde sobre el
horizonte marino, o porque representa a la compañera habitual de
los que se inspiran a orillas de la playa. Y Vicente no es un compañero habitual, Rebeca. Justamente él le teme a la cotidianidad ... - respondió la señora Gabor. Más no quería hablar sobre él. - ¿Por qué se ha hecho presente Vicente ahora y no antes? - preguntó Rebeca desconcertada. La señora Gabor sonriendo le dijo: - Pues, porque desde hace un par de meses que vives junto con tu esposo frente al mar. Antes viviste con él y tus cuatro hijos, por muchos años, en pleno centro de la ciudad. Un lugar no propicio para esta clase de encuentros. Luego ella se despidió y regresó a su casa.
Rebeca continuó caminando...Durante dos días más se le apareció el caballo blanco y luego ya no más. Pero no se puso triste porque su vecina vidente le dijo que el caballo blanco regresaría a la misma playa en poco tiempo.
******* Sé por mi madre que, por el momento, Vicente ha cambiado de continente; está en el nuestro, y se levanta a la misma hora o más temprano que mi amiga Rebeca. A ella yo le he sugerido que se haga un tatuaje de una cabeza de caballo en un brazo, pero ella no quiere. Más bien, ella ha colgado un pequeño pero hermoso cuadro de un caballo blanco corriendo a la orilla del mar en su oficina.
Antes de terminar, quiero presentarme. Soy Irma, abogada como Rebeca. Trabajamos juntas en un estudio grande de abogados, y por mí ella se enteró de la venta de la casa, donde ahora ella vive con su esposo. Si bien Rebeca sabe que yo soy hija de su vecina vidente, no sabe y menos su esposo, porque él no cree ni en poderes mágicos ni en cartas del Tarot, que yo soy vidente igual que mi madre. En realidad, somos más que videntes.... Bien, pero no quiero irme por las ramas ... Mi madre me ha comentado ayer por teléfono que el caballo blanco vendrá, cuando sea el momento indicado, a encontrarse personalmente con Rebeca, pero vendrá con su vestimenta de ser humano ... esa vestimenta que llevamos todos puesta desde que nacemos. Unos, con esta vestimenta encuentran la respuesta de quiénes son y por qué viven, otros no aunque ésta sea de oro. Pero a mí esto me tiene sin cuidado. Yo, por mi lado, sé lo que quiero: seguir trabajando como abogada y disfrutar de mi vida de soltera. Y de Rebeca te puedo contar que está jugando con la idea de no trabajar más como abogada, sino de dedicarse a pintar cuadros y venderlos. No lo hace nada mal. Pero yo no quiero hablar del sentido de la vida de ninguna de las dos, sino, más bien, quiero contarte, querido lector, que a mí lo que más me ha impresionado, después de haber hablado con mi madre, es la fuerza del amor existente entre Vicente y Rebeca después de más de tres décadas sin verse. Estos dos corazones tienen poderosas razones que tanto mi madre como yo logramos comprender porque entendemos su lenguaje... ese lenguaje que no entiende ni de distancias ni de tiempos. Ese lenguaje, del amor constante y puro, habla por sí solo a través de la figura del caballo blanco de Vicente y del cuadro pintado por Rebeca.