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martes, 10 de marzo de 2015

Concurso de belleza


Érase una vez un caballo, tan negro como la noche, que tenía de mejor amigo a  un cuervo, también igualmente negro como la noche. Ambos se encontraban conversando cuando yo llegué de puntillas a observarlos para escuchar su conversación.
- Hoy día me siento triste - le dijo el cuervo mientras lo miraba con la cabeza gacha.
- ¿Por qué? - le preguntó el caballo de color azabache.
- Pues, porque hace un rato me he enterado que mi significado simbólico es negativo, triste y poco halagüeño. Y se me imputa de ser un animal solitario y muy entrometido en los asuntos de los hombres. Se supone que yo presagio enfermedades y  actuó además como aviso de la muerte. Pero, no es cierto. Tú me conoces - le dijo compungidamente el cuervo a su amigo équido y luego agregó que a las personas que escuchó hablar sobre él finalmente dijeron: ¡Ay, pero que feo es este cuervo!
El caballo, después de contemplarlo un ratito le dijo de manera cariñosa:
- Yo veo en ti no sólo a un buen amigo, sino que  además eres muy inteligente y sabes volar con destreza y elegancia.
-  Pero, ¡no dejo de ser feo! - le refutó el cuervo. Tú, en cambio eres perfecto. Todo mundo te admira por tu belleza. Además, tú a parte de ser un animal noble, engrandeces al hombre, porque le confieres más fuerza, más poder, más gallardía y ...
- ¡Alto! No sigas hablando - le interrumpió el caballo. No te compares conmigo. Es dañino. Lo que cuenta es la belleza interior ... ésa que no todos pueden ver.
- Sí, todo me parece estupendo lo que dices. Pero yo no dejo de ser un animal feo - dijo resignado el cuervo.
- Mira, ¡sácate esa idea tonta de la cabeza! Tú para mí eres bello porque tienes un alma buena. Y tu amistad la valoro más de lo que te puedes imaginar - le hizo saber el caballo.
El cuervo lo miró, pero no se sentía convencido de las palabras de su amigo. Al entender su mirada, el caballo le dijo de manera enérgica:
- ¡Colócate encima de mi cabeza! 
- ¿Por qué? - le preguntó desconcertado el cuervo.
- Alguna vez yo escuché a mi amo decir esta frase de Víctor Hugo: La belleza es la frente; el amor, la corona.
El cuervo sonrió agradecido. Entendió el mensaje. Más que ser bello, era más importante ser el representante del amor. Y, sí, ¡quería a su amigo equino con toda el alma! 
Desde ese momento, cada vez que el cuervo y el caballo se encuentran, el cuervo casi siempre se posa sobre la cabeza de su amigo para embellecerlo aún más con su corona de plumas.  
Y yo cuando los veo juntos admiro la belleza de su sincera amistad.

MARiSOL

Una bella canción sobre la amistad

 

martes, 9 de diciembre de 2014

El cuervo y la luna


Hace pocos días atrás, un cuervo, que estaba posado sobre un árbol ubicado en mi jardín, desafió a la luna llena diciéndole:
- Tú, que te crees tan linda, te ves sólo como cualquier vulgar piedra que yo puedo encontrar tirada en cualquier sitio. Tú no eres nada especial como muchos creen. Yo soy más bonito que tú. Yo soy esbelto mientras que tú eres gorda ¡Ja, ja, ja!
La luna muy soberana le dijo al cuervo que si él conseguía encontrar una piedra redonda como ella, le daría a él la razón en lo que le había dicho.
El cuervo pensando que la tarea sería fácil se hizo a la búsqueda. Pues bien, tan fácil no le resultó. Pasaron varios días hasta que, por fin, dió con una piedra bien redonda que encontró en una playa. Y para encontrarla le tocó al cuervo volar bien lejos. 
Cuando él se la enseñó muy orgulloso, la luna le dijo:
- Sí, es una piedra, pero no es blanca como yo. 
- ¡Pero es redonda, igual de gorda que tú! - gritó el cuervo indignado.
- Es de color gris. ¡No vale! - dijo la luna sin hacer menor caso de la rabia del cuervo. ¡Vé y busca otra piedra o algo parecido a ésta y que sea de color blanco, por favor!
Pasaron varias semanas. El cuervo desesperado como no encontraba por ningún lado una piedra blanca y bien redonda, se rindió ante la luna.
La luna muy seria le dijo:
- Rendirse no es de cobardes, pero si no eres capaz de saber cuando rendirte a tiempo, sí que lo eres.
- ¿Me dices que soy un cobarde? - gritó el cuervo.
- No te he dicho que lo seas, sino que te has rendido muy pronto. Eso es todo. Si tú no me sabes entender, es tu problema y no el mío - le espetó la luna imperturbable.
- Pero, no he encontrado ninguna piedra blanca y redonda - le dijo molesto el cuervo. 
- ¡Sé perseverante en tu búsqueda! - le desafió la luna sin alzar su voz.
Pasaron muchos meses, hasta que un día el cuervo sí encontró una piedra redonda y blanca. Cuando la luna la vió le dijo:
- La piedra será redonda y blanca pero no brilla como yo.
- ¡No es posible que me hagas esto!  - gritó el cuervo desaforadamente.
- Abre los ojos y mira a tu alrededor. Lo que tú buscas está mucho más cerca de lo que tú te puedes imaginar. ¡Piensa! ¡Usa tu inteligencia e intuición! - le dijo la luna muy seria.
De pronto, por fin el cuervo entendió lo que la luna le había dicho y salió volando en dirección a un campo de golf cercano. Allí encontró una pelotita. Era blanca, bien redonda y brillante. Al mostrarle ésta a la luna, ella le dijo:
- Misión cumplida. Ahora tú puedes jactarte y decir que eres más lindo que yo, si te resulta todavía importante.
El cuervo avergonzado se disculpó ante ella por haberla desafiado de esa manera tan tonta. Desde ese momento, la luna y el cuervo se hicieron buenos amigos. Es más, el cuervo se enamoró de la luna. ¡Cómo le hubiera gustado que ella tuviera el tamaño de una pelota de golf para poderla llevar con él a todos sitios! Pero, que yo sepa, la luna está de novia con el sol y, yo sé, que el cuervo no se atreve a desafiarlo. Y como, además, la luna vive muy lejos del cuervo, el amor del cuervo por ella se mantiene sólo como un amor platónico. Al final, la belleza espiritual se impuso ante la belleza física.

MARiSOL



Imagen sacada de Bing