miércoles, 11 de enero de 2017

La herencia


 


Todos sabemos que la Caja de Pandora no sólo es un artefacto de la mitología griega, sino que nace del mito de la creación de Pandora, quien fue la primera mujer creada por Hefesto (el dios del fuego y la forja, así como también de los herreros, artesanos de los metales y la metalurgia) por orden de Zeus (el padre de los dioses y los hombres). Pues bien, la "caja" fue, en realidad, una tinaja ovalada que fue dada a Pandora. Esta caja contenía todos los males del mundo y al abrirla salieron liberados menos el espíritu de la esperanza que se había quedado en el fondo. Hoy en día, abrir la "caja de Pandora" significa crear una acción en apariencia pequeña o inofensiva pero que puede ocasionar graves daños.

Bien, ahora he de contarte un cuento que tiene que ver algo, poco o mucho con este mito. Se trata del baúl de mi abuela Regina. Este baúl estuvo guardado en el desván de su enorme casa por mucho tiempo. Es más, mi abuela le tuvo prohibido el acceso a Rosa, su empleada y a mí, su nieta, de entrar al desván y menos de abrir el baúl. Ella nunca me explicó sus motivos. Sólo supe por Rosa, que era mejor no entrar a esa habitación, ubicada en el tercer piso de la casa. 

Bien, al morir mi abuela ya nadie podía impedirme entrar al desván. Sólo Rosa era la que se oponía vehementemente a que yo abriera tanto la puerta del desván como el baúl porque se negaba rotundamente a entregarme la llaves. Sin embargo, a las dos semanas que muriera mi abuela, vine a quedarme una semana en su casa, la cual yo había heredado. Tenía que tomar decisiones importantes con respecto a la casa donde yo había pasado mi niñez y juventud. Al estar frente a ésta, toqué a la puerta; me recibió Rosa. 
Después de abrazarnos ella me dijo:
- Señora Julia, no sólo ha heredado Usted esta casa, sino también el baúl del desván, pero nunca se le ocurra abrirlo, por favor, por ningún motivo. 
- Pero, algún día tendré que hacerlo, Rosa - le contesté - Además, he pensado vender esta casa ya que es muy grande para mí; y yo que ya no vivo en esta ciudad, sino en otra junto con mi esposo e hijos, no tiene sentido en seguirla manteniendo si ya nadie más vive en ésta, sólo tú.
Rosa con ojos suplicantes me dijo que no tenía a dónde ir, que ya a sus setenta años de edad no podría conseguir trabajo como empleada. Rosa había no sólo limpiado esa casa, sino que también había sido la confidente de mi abuela Regina. Me extraña que mi abuela no la hubiera hecho a ella heredera de esta casa. Lo único que Rosa heredó fué un sueldo mensual hasta el día de su muerte y yo tenía que ayudarla a conseguirle un departamento para que no se quedara en la calle. He de mencionar que Rosa había sido como una madre para mí puesto que yo nunca conocí a la mía, sólo por fotos cuando era muy joven; siempre mi abuela me dijo que Tania, su hija, había muerto en el parto y mi padre no soportando quedarse sólo conmigo y sin su esposa, se fue de casa dejándome a cargo de mi abuela, ya viuda y de Rosa, la empleada.

Pues bien, la primera noche que me quedé a dormir en casa de mi abuela, ya fallecida, dormí en el segundo piso. Como a las once de la noche, sentí unos golpes que venían del tercer piso. Antes, cuando viví en esta casa, yo tenía mi dormitorio en el primer piso, entre el dormitorio de mi abuela y el de Rosa. Pero ahora, yo dormía en otro dormitorio, porque el mío había sido transformado en biblioteca. Bien, sigo... como los golpes venían del tercer piso ... del desván, me armé de valor y subí. Pero como no pude entrar ya que la puerta estaba cerrada con un candado muy grande y pesado, fuí corriendo a despertar a Rosa, quien tenía su dormitorio en el primer piso, para que me diera la llave del desván. Al despertarse, gritó: 
- ¡Tiene que salir de esta casa, lo más pronto posible, señora Julia!
Yo, desconcertada, le dije que no lo haría hasta haber abierto la puerta del desván. Al ver una llave pesada y grande, que imaginé que era del candado de la puerta, y ver otra más pequeña y maciza, que imaginé que era la del baúl, colocadas sobre la mesita de noche de Rosa, las agarré y salí rápidamente corriendo al tercer piso. Y yo como soy menor que Rosa (tengo cuarenta años y corro todos los días para mantenerme delgada), pude llegar al desván mucho antes que ella.
Rosa que ya no tenía la fuerza de antes, me siguió con la respiración entrecortada gritando: 
- No abra la puerta. ¡Noooooooo!
Después de entrar al desván, prendí la luz, y, luego, ví que el único mueble que había en esa habitación era un baúl muy grande que se encontraba en un rincón. Y ya cuando yo estaba dispuesta a abrirlo y sentir una voz masculina que gritaba: "Julia, ¡sácame de aquí. Soy tu padre!", me quedé paralizada del susto. No entendía nada. ¿Qué pasaba? En ese momento entró agitada Rosa; me quitó la llave del baúl y me dijo muy nerviosa:
- Lo que yo no quería que pasara ni tampoco su abuela ya ha sucedido. Tengo que decirle la verdad, señora Julia. No puede Usted abrir ese baúl porque allí adentro está su padre y él es un asesino; él mató a su esposa, su madre.
Y mientras yo me quedaba sin aliento, Rosa continuó hablando:
- En un arrebato de rabia al enterarse su padre que su madre tenía un amante, la mató en esta habitación y yo, al escuchar los gritos y los disparos, le avisé a su abuela Regina. Ella, sin pensarlo dos veces, agarró una escopeta que había pertenecido a su esposo. Y ya estando en el desván, escuché como su abuela le ordenaba a su yerno, que metiera a su hija, ya muerta, con cuidado dentro del baúl,  y luego que él se me metiera también dentro de éste. Él no soportando la idea se suicidó. Su abuela cerró, luego, el baúl. Yo nunca la delaté. Me había hecho su cómplice. Usted tenía dos años de edad cuando sus padres murieron. Es así como entre su abuela y yo la criamos. Usted era la alegría de esta casa entre el jardín, primer y segundo piso. El tercer piso quedó en el olvido y los golpes cesaron por largo tiempo, pues allí ya nadie subía. Sin embargo, más de una vez su abuela pensó en deshacerse del baúl, pero el riesgo que descubrieran los cadáveres era tan grande que decidió dejarlo en el mismo lugar. Además, que ella al ser interrogada por la policía, siempre decía lo mismo, que su hija había abandonado el país con su amante; de su padre decía que como él no tenía ni hermanos ni padres, pues no había forma de saber nada de su desaparición. Amigos no tenía. Y como su abuela era una persona muy conocida, seria, fina y adinerada, la policía nunca sospechó de ella. ¿Qué motivos podría ella tener para que su hija y yerno desaparecieran del todo? Es más, ella no quería ir a parar a la cárcel, para poderle dar a Usted, señora Julia, un buen futuro.
Yo, después de escuchar a Rosa, le dije con voz fría, como la de mi abuela: 
- Menuda herencia la recibida. Tengo que hacer sacar este baúl de esta casa antes de venderla.
Al terminar de decir esta frase, mi padre seguía gritando que quería salir mientras, que la voz de mi madre, en voz alta me decía: Julia, ¡házle caso a Rosa! No abras nunca este baúl, ya que el mal espíritu de tu padre si se escapa les puede hacer daño a las dos. Retrocedí asustada. Rosa me abrazó y salimos en silencio del desván después de haber apagado la luz. Luego después me fuí a dormir al dormitorio de Rosa ya que sola yo no quería estar. No pudimos dormir bien porque como a las cuatro de la mañana se desató una tormenta muy fuerte con rayos y truenos. Daba la impresión que la tormenta se desarrollaba encima de la casa. De pronto, ví como un rayo no sólo se estrellaba contra un árbol gigante que teníamos en el jardín, sino que parte de éste se desplomaba encima del techo del desván. Después de darme cuenta de lo sucedido, salí corriendo al tercer piso. No sólo parte del techo estaba roto; sino que el baúl ardía. Y cuando yo me disponía a llamar a los bomberos mientras me dirigía corriendo al primer piso y llamando a gritos a Rosa, en la escalera me encontré con el alma de mi abuela que me dijo que yo saliera cuanto antes de la  casa junto con Rosa, porque ella se encargaría de hacer quemar toda la casa para que así no quedara ningún resto del baúl tampoco. Luego me dijo que la casa estaba asegurada contra incendios. 

Al final, el espíritu de la esperanza había ganado. Será porque la esperanza y el temor son inseparables. Luego de escuchar a mi abuela, nos despedimos. Después le dije a Rosa con voz firme que empacara lo necesario porque yo haría lo mismo. Nos fuimos a un hotel en mi auto, lejos de la casa. Por suerte no había ninguna otra casa cerca a ésta ya que se encontraba ubicada a las afueras de la ciudad, cercana a una playa muy poco frecuentada.

La casa se quemó por completo, el seguro contra incendios me sirvió; con el dinero le compré un departamento a Rosa en la ciudad donde yo vivo para que ella esté cerca de mi familia.  Sin embargo, hicimos las dos el pacto de no decir nada sobre lo sucedido porque nadie nos creería. Es así, como al final,  Rosa como yo, en la adversidad, fuimos salvadas por la esperanza, salida de manera simbólica del espíritu valiente de mi abuela.


MARiSOL 


 

Imagen sacada de Bing

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