Había una vez un gato llamado Findus que vivía en una bonita granja al borde de un bosque. Era un gato de pelaje suave y color gris, ojos verdes curiosos y una cola que parecía tener vida propia. Pero había algo muy importante que todos debían saber: a Findus no le gustaban ciertos apodos. No le gustaba que le llamaran ni “Don Bigotes Torcidos” ni tampoco que le dijeran "Barrilito sin Fondo”. Esos nombres no sólo lo hacían fruncir el ceño, sino que lo ponía muy triste y, en casos extremos, se escondía en un bosque cercano durante horas.
Todo empezó cuando el gallo de la granja decidió que era divertido ponerle sobrenombres.
—¡Buenos días, Don Bigotes Torcidos! —cacareaba mientras se burlaba de él.
Al principio, Findus suspiraba resignado.
—Me llamo Findus —respondía con paciencia, aunque por dentro hervía.
Luego las gallinas, que cada vez que lo veían comer (y Findus comía bastante), gritaban riéndose:
—¡Ahí viene Barrilito sin Fondo! ¡Jajaja!
Findus se detenía, miraba su plato y murmuraba:
—No es que coma mucho… es que aprecio la buena comida.
Un día, cansado de todo esto, decidió hacer algo al respecto. Se subió a un muro alto del gallinero y disgustado anunció:
—A partir de hoy, solo responderé a mi nombre: Findus. Ni más, ni menos.
El gallo lo miró sorprendido.
Las gallinas se miraron entre sí muy sorprendidas.
—¿Y si se me olvida? —preguntó el gallo.
—Entonces —dijo Findus, levantando la barbilla— no te contestaré y, además, no compartiré ni contigo ni tampoco con las gallinas mis historias.
Y es que Findus tenía las mejores historias: aventuras imaginarias sobre peces gigantes, siestas bajo soles dorados y misterios nocturnos en el bosque. Y como ni el gallo ni las gallinas ni tampoco los patos, caballos, vacas, ovejas y cerdos querían perderse eso,
desde ese día, poco a poco, todos los animales comenzaron a llamarlo por su verdadero nombre. Al principio se equivocaban, pero Findus era paciente (la mayoría del tiempo). Y cuando por fin lo lograban, él sonreía satisfecho.
Una tarde, mientras el sol se escondía, una de las gallinas se acercó y le dijo:
—Buenas noches, Findus.
El gato cerró los ojos, feliz, y respondió:
—Buenas noches.
Y por primera vez en mucho tiempo, Findus no tuvo que esconderse más en el bosque. Ya no había motivo alguno. Por fin, se había ganado el respeto de todos los animales de la granja.
MARiSOL
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