lunes, 23 de marzo de 2026

Tiempos convulsos

Actualmente vivimos en una era marcada por la incertidumbre, donde los cambios se suceden con una rapidez que a menudo desborda nuestra capacidad de adaptación. Los llamados “tiempos convulsos” no son sólo una etiqueta para describir crisis aisladas, sino un estado casi permanente en el que lo político, lo social y lo emocional se entrelazan cada día en una tensión constante.

En estos periodos, las certezas se erosionan. Lo que antes parecía estable, como por ejemplo: las instituciones, las normas, incluso las relaciones humanas, comienza a tambalearse. La información, sobre todo, por el internet, fluye sin descanso, pero no siempre aporta claridad; más bien, en ocasiones intensifica la confusión. Las voces se multiplican, los discursos se polarizan y la sensación de estar desorientados se vuelve compartida. Yo me pregunto hacia adónde nos dirigimos. ¿Hacia el abismo?

Sin embargo, los tiempos convulsos también revelan la naturaleza profunda de las sociedades. Sacan a la luz tanto sus fracturas como su capacidad de resiliencia. En medio del caos emergen gestos de solidaridad, nuevas formas de pensar y la oportunidad de cuestionar lo establecido. Es en estos momentos cuando yo me replanteo mis valores morales, decido qué conservar y qué transformar. 

Si bien la historia universal demuestra que ninguna etapa de turbulencia es eterna, esta vez percibo nuestro presente tan inestable que no veo un terreno fértil para el cambio. Por lo menos, no ahora. Más bien veo que este terreno está tan minado de odio, fanatismo religioso y crueldad que todo sentido crítico, empatía y responsabilidad como que han desaparecido de la faz de la Tierra.

Así, en estos tiempos convulsos, lejos de ser únicamente una gran amenaza no sólo para los países actualmente involucrados, sino también para todos, quiero creer que toda esta terrible situación bélica que se da en distintos puntos de nuestro planeta puede convertirse, finalmente, en una invitación para dejar los egos de lado para así poder reconstruir, comprender y, en última instancia, reinventar el rumbo colectivo de la humanidad. Así lo espero...

                          MARiSOL 


domingo, 15 de marzo de 2026

Findus y el humo del mundo



Tengo un gato vecino con un pelaje gris medio atigrado y con bigotes torcidos y una preocupación demasiado grande para un animal de ocho kilos. Vive no lejos de mi casa y cuando Findus llega a visitarme  salta al alféizar de la ventana de mi dormitorio desde donde mira el mundo mientras fuma cigarrillos que le roba a su dueño.

Que yo sepa a Findus no le gusta fumar. En realidad, le parece una costumbre absurda. Pero, actualmente dice que le ayuda a pensar.
Y pensar es justo el problema ya que cada día las noticias son más alarmantes.
—Otra guerra —me murmura al oído.
Y mientras enciende otro cigarrillo, me dice que no logra entender a los humanos. A veces, cuando las noticias son más feas, a Findus le tengo que servir un pequeño trago de aguardiente porque en su casa se lo han prohibido. Yo no, y por este motivo y otros más, él viene seguido a visitarme.
—Fumo para tranquilizar mis nervios —se justifica ante mí aunque los míos están temblando de miedo. 
  
Findus me ha confesado que lo que realmente le quita el sueño es otra cosa. Como el petróleo está subiendo, eso significa que el transporte se volverá más caro. Y si el transporte es más caro significa que la comida también será más cara. Y si la comida es más cara significa que su paté de atún favorito podría desaparecer de su vida en un dos por tres. Findus mira con pena a su última lata de hoy día que yo le he dado. Y como un filósofo que piensa en el sentido de la existencia, me dice que si los humanos se pelean por petróleo, al final el que pagará los platos rotos será él. Y esto le parece injusto.

Una noche, mientras Findus observaba las luces de la ciudad y el humo de su cigarrillo se mezclaba con el aire frío de la noche, exclamó:
—¡Los humanos son criaturas raras! Tienen palabras para todo, pero no saben usarlas para decir siempre la verdad. Tienen manos para construir, pero también para destruir.
Luego apagó su cigarrillo y me dijo:
—Como mi vida gatuna es más corta que la humana, el paté de atún debería ser un derecho universal. ¿No te parece?

¡Ay! El mundo seguía siendo un lugar confuso.
Pero mientras todavía quedara una lata de atún en la alacena Findus pensó, por un momento, que tal vez todo podría salir bien y que esta historia tendría un final feliz para él y para mí. Mejor dicho, para todos.

                          MARISOL 
 
 

sábado, 14 de marzo de 2026

Doña Venganza y Don Odio



 
En un pueblo olvidado entre altas montañas vivían dos vecinos muy peculiares: Doña Venganza y Don Odio. Nadie sabía exactamente cuándo habían llegado, pero todos sabían que cuando uno aparecía, el otro no tardaba en hacerlo también.

Doña Venganza era elegante y paciente. Siempre caminaba despacio, con una sonrisa fría, esperando el momento perfecto para “devolver” cualquier ofensa. Decía con orgullo:
—La justicia tarda, pero yo nunca olvido.

Don Odio, en cambio, era impulsivo y ruidoso. Sus pasos eran pesados y su voz fuerte. Donde él pasaba, las discusiones crecían como fuego en un campo seco.
—¡No hay que esperar! —gritaba—. ¡Hay que responder con más fuerza!
 
Un día discutieron frente a todo el pueblo.
—¡Sin mí, tú no existirías! —gritó Don Odio—. Yo enciendo el corazón de la gente.
—Puede ser —respondió con calma Doña Venganza —, pero yo soy quien hace que el fuego nunca se apague. Y luego se rió.

Mientras ellos dos discutían, las personas del pueblo comenzaron a pelearse entre ellas. Viejos amigos dejaron de hablarse, muchas familias se separaron por cualquier pequeña ofensa dejándola crecer hasta convertirla en algo enorme e imparable. Pues bien, entre la multitud había una niña que observaba todo en silencio. 
 
Cuando vio que el pueblo estaba casi destruido por las peleas, se acercó a los dos.
—Tengo una pregunta —dijo la niña con voz suave.
—¿Cuál? —preguntaron ambos.
—Si ustedes dos ganan, al final ¿quién pierde?
Doña Venganza y Don Odio se miraron y constataron que las casas estaban cerradas, los amigos estaban distanciados, y la tristeza reinaba en todas partes.
Entonces la niña respondió sola:
—Ustedes dos se han dado cuenta que perdemos todos. No hay ganadores.
Don Odio bajó la cabeza por primera vez. Doña Venganza guardó silencio. Y ese día, por primera vez en muchos años, ambos se marcharon del pueblo aunque sabían que siempre podrían regresar si alguien volvía a invitarlos a su corazón.

Querido lector, ¿cuál es la Moraleja de este cuento? Pues, cuando el odio y la venganza prometen justicia o satisfacción, al final sólo dejan destrucción. Es así que quien aprende a perdonar, es capaz de romper el círculo vicioso para terminar devolviendo la paz.

                       MARISOL 
  

miércoles, 11 de marzo de 2026

Paté de atún

 

 
Había una vez un gato llamado Findus. Vivía en un departamento pequeño pero cómodo con su dueño Robert, quien lo había rescatado cuando era un pequeño gatito. Con el tiempo, Findus descubrió su comida favorita: el paté de atún. No le gustaba cualquier cosa; sólo ese delicioso manjar.
Al principio, Robert le daba paté de atún, de vez en cuando, como premio. Pero Findus empezó a pedirlo todos los días.
-¡Miau! ¡Quiero  más paté de atún! - maullaba frente a la cocina.
- Findus, estás muy gordito. No puedes comer eso todos los días. Desde mañana te pondré a dieta.
La palabra "dieta" cayó sobre Findus como una nube negra.
 
Esa noche, mientras Robert dormía, Findus miró por la ventana y pensó: "Si aquí no hay paté de atún, me iré a buscarlo a otra parte". Luego saltó por la ventana y comenzó su aventura. Caminó por jardines, calles y tejados. En una casa intentó maullar para que lo alimentaran, pero sólo recibió un poco de comida seca. En otra casa encontró le dieron un poco de pescado crudo. Y en el mercado lo espantaron con una escoba.
 
Después de un día entero de aventuras, Findus cansado, sucio y hambriento, se sentó en un muro y suspiró:
- Quizá, vivir con Robert no estaba tan mal. Me gustaría que él fuera millonario para comer mi paté de atún en un hermoso plato todos los días. 
Justo en ese momento cuando Findus soñaba en vivir en una mansión, escuchó una voz familiar:
-¡Findus! ¡Findus!
Era Robert que lo había estado buscando por todo el barrio. Al verlo, Findus saltó a sus brazos y empezó a ronronear. Y mientras Robert lo miraba con alivio le dijo:.
- Pequeño glotón, estaba preocupado por ti. ¡Ven, volvamos nuestro departamento! 
 
Cuando llegaron, Robert puso un plato en el suelo, pero no le había dado paté de atún. Era, más bien, comida saludable para gatos. Findus la miró con desconfianza, pero se alegró al ver que había también una pequeña cucharada de paté de atún.
Roberto sonriendo le dijo que  sólo los domingos podría comer más paté de atún y lo trataría como a un rey.
 
Desde ese día Findus siguió la dieta, jugó más, adelgazó un poco y cada domingo disfrutaba de su pequeño premio. Y aunque todavía soñaba con montañas de paté de atún, Findus aprendió algo importante:
"A veces, un poquito de lo que amas sabe mejor que tener demasiado todos los días".  
MARiSOL