Este cuento lo escribí en base a unos regalitos que me hicieron, hoy día, unas amigas mías. Fueron una planta de Aloe Vera, un imán de México con la imagen de Frida Kahlo y un elefantito de porcelana que dice en alemán: Einfach glücklich sein (Simplemente ser feliz). En caso no sepas, querido lector, existe una metáfora usada para describir la relación turbulenta, creativa y apasionada entre los artistas mexicanos Diego Rivera y Frida Khalo. La madre de ella los llamó "El elefante y la paloma" para describir la gran disparidad física y de personalidad entre ambos.
En una habitación bañada por la luz suave de la tarde, Frida Kahlo pintaba en silencio. El aire estaba impregnado de un aroma verde y limpio: decenas de plantas de aloe vera cultivadas en macetas de barro rodeaban el espacio, como si custodiaran cada rincón con sus hojas carnosas y firmes.
Mientras Frida observaba su lienzo con intensidad, frente a ella comenzaba a tomar forma un elefante blanco. No era un elefante cualquiera: su piel parecía hecha de luz, y sus ojos reflejaban una tristeza profunda, como si cargara historias que nadie se había detenido a escuchar.
—Todos cargamos algo invisible —murmuró Frida mientras iba mojando el pincel en su pintura.
Afuera, el mundo seguía su curso, pero dentro de esa habitación el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo. Mientras las plantas de aloe vera, con su fama de curar heridas, parecían respirar junto a Frida, ella se levantó un momento y pasó suavemente su mano por una de las hojas. Recordó cómo el aloe sana la piel cuando ha sido quemada o herida. Sonrió levemente.
—Ojalá el alma se curara igual de fácil —dijo.
Frida regresó al lienzo y se sorprendió al ver que el elefante ahora tenía una pequeña grieta en el costado, apenas visible, de la cual brotaba un tenue color verde. No era sangre, no era dolor: era vida intentando salir.
Frida dio un paso atrás y contempló su obra.
—No se trata de no romperse —susurró—. Se trata de aprender a sanar.
En ese instante, un rayo de sol atravesó la ventana y tocó el cuadro. El elefante pareció cobrar vida por un segundo, y la grieta luminosa brilló con más fuerza.
Frida sonrió, cansada pero en paz.
Las plantas de aloe vera permanecieron en silencio, como testigos de una verdad simple y profunda: incluso en medio del dolor, querido lector, la capacidad de sanar vive dentro de nosotros, esperando ser reconocida.
Lo importante, querido lector, es darse cuenta que las heridas forman parte de la vida, pero también lo es la capacidad de transformarlas en algo que nos fortalezca. Sanar no es olvidar, es aprender a seguir creciendo.
MARiSOL
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