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domingo, 26 de abril de 2026

Doña Estupidez y Doña Maldad


En un pueblo donde nadie hacía preguntas vivían dos vecinas inseparables: Doña Estupidez y Doña Maldad.
Mientras Doña Estupidez no era mala por intención, sino por costumbre y caminaba por la vida con los ojos medio cerrados, repitiendo lo que oía, creyendo lo primero que le decían y despreciando cualquier esfuerzo por entender porque “pensar cansa” aceptando todo sin distinguir verdad de mentira, Doña Maldad, en cambio, tenía los ojos muy abiertos. Observaba, calculaba, elegía. Sabía perfectamente lo que hacía y, precisamente por eso, encontraba placer en torcer las cosas a su favor. Donde había duda, sembraba miedo. Donde había confianza, sembraba sospecha.

Un día, ambas decidieron organizar una reunión en la plaza del pueblo.
—Invitemos a todos —propuso Doña Maldad—. Será interesante.
—¡Sí! —respondió Doña Estupidez sin preguntar para qué.
Esa noche, la plaza se llenó. Doña Maldad tomó la palabra:
—Queridos vecinos, hemos descubierto que entre ustedes hay alguien que trae desgracias.
Un murmullo inquieto recorrió a la multitud.
—¿Quién? —preguntó alguien.
Doña Maldad sonrió levemente.
—No lo sabemos con certeza, pero hemos visto señales.
Doña Estupidez intervino de inmediato:
—¡Yo también lo he oído! Dicen que es alguien que siempre hace preguntas raras.

Los vecinos comenzaron a mirarse entre sí. Las dudas se convirtieron en sospechas, y las sospechas en acusaciones. Nadie quería ser señalado, así que señalaron a otro.
En medio del caos, un hombre levantó la mano.
—¿Y si en lugar de acusar sin pruebas, pensamos un poco? —dijo con calma—. ¿Qué señales? ¿Qué evidencia?
Doña Estupidez frunció el ceño.
—Siempre complicando todo —murmuró—. ¿Por qué no simplemente crees?
Doña Maldad lo miró con frialdad.
—Porque quien hace demasiadas preguntas puede ser precisamente quien queremos encontrar.
La multitud, ya inquieta y confundida, encontró en esa frase un alivio: una respuesta simple. Y así, sin más, el hombre fue expulsado del pueblo.

Esa noche, Doña Estupidez durmió tranquila. No entendía del todo lo ocurrido, pero sentía que había hecho lo correcto.
Doña Maldad también durmió tranquila. Ella sí entendía todo.
Con el tiempo, el pueblo se volvió más silencioso. Nadie hacía preguntas. Nadie dudaba. Pero tampoco nadie confiaba en nadie. Las decisiones se tomaban rápido, pero siempre mal. Los problemas crecían, aunque nadie sabía por qué.

Un día, Doña Estupidez le preguntó a Doña Maldad:
—Oye, ¿por qué todo parece ir peor?
Doña Maldad respondió, sin mirarla:
—Porque cuando la gente deja de pensar, yo ya no necesito hacer casi nada.
Doña Estupidez se quedó callada. No porque hubiera entendido… sino porque no supo qué decir.

Y así, el pueblo aprendió —demasiado tarde— que la estupidez no es solo ignorancia, sino renuncia a entender; y que la maldad, sin oposición, no necesita fuerza: le basta con una mente que no haga preguntas.

                       MARiSOL
 
 

viernes, 31 de mayo de 2024

A lo hecho, pecho

 


Elisa piensa que tan descabellada no es la idea de recordar con gusto una serie de errores cometidos, a lo largo y ancho de su vida, como consecuencia de falsas decisiones tomadas en su momento. Tal vez, por un lado, ella se equivocó por temor a equivocarse en su afán de ser feliz y por el otro, cada vez que ella cometía un error le parecía descubrir una verdad desconocida. Y es que, en el fondo, querido lector, los errores poseen su propio valor. ¿Y sabes por qué? Porque el verdadero valor consiste en saber admitir lo ocurrido mientras en voz alta Elisa se dice así misma: "A lo hecho, pecho". 

¿Será cierto que los errores más pequeños son siempre los mejores? Elisa sabe que resultan más fáciles de admitirlos rápidamente. Me imagino que cuando los errores son más grandes, cuestan mucho darles la cara o enfrentarse a ellos sin vacilar y sin pestañear. Los errores, finalmente, son como las deudas compradas a crédito de tu vida, de la mía o de la de Elisa y que se encuentran registradas en gruesos cuadernos de contabilidad de tapas negras para llevar así un registro ordenado de todos ellos.

¿Más qué le dice el Destino de Elisa? ¿Qué opina ese destino  mientras baraja las cartas que nosotros jugamos? Él le aconseja a ella que no vea su vida en ruinas por más que otros le digan que la vida es un montón de insignificantes e irónica ruinas. Ni siquiera hay que dignarse a darles un recibimiento dentro de la mirada (tuya, mía o de Elisa) así un gesto de asombro cabalgue desbocado haciendo caer a los  errores, uno a uno, a nuestro paso. Tambalear no quiero ni tú tampoco, me imagino, sobre todo, al darnos cuenta que mientras más grande y extensa que todas las esperanzas sea la cadena de errores, nadie puede ser libre cuando uno se ríe de ésta.  

Si bien, querido lector, tú sabes que es común cometer errores, lo importante es corregirlos y no obstinarnos en ellos. ¿Y sabes por qué? Pues, porque la obstinación es el otro nombre de la estupidez. Y si ésta insiste mucho, peor aún. Sin embargo, Elisa no sabe qué es mejor, si reconocer a tiempo sus errores o cometerlos, como casi todo el mundo, pero sin que nadie la vea. ¿Será cierto que la verdad en un tiempo es error en otro? 

El Destino al ver a Elisa vacilar le recuerda que no sólo es la propia simplicidad del asunto lo que nos lleva a cometer errores, sino que los grandes errores son armas que acaban siempre por dispararse contra nosotros mismos. ¡Ay, a lo hecho pecho! porque si cerramos la puerta a todos los errores cometidos por nosotros, también seremos testigos que se quedará fuera la verdad, aquélla que descansa tranquilamente mientras se agitan los errores, ya sea por nuestra ligereza o ignorancia, sobre el camino de nuestras vidas. 

Por suerte, Elisa está, poco a poco, entendiendo que mientras la verdad permanece, los errores pasan con el tiempo, pero no para olvidarlos, sino para aprender de ellos porque la vida es un contínuo aprendizaje. Pues, lo que hoy son errores, mañana serán experiencias.

MARiSOL

 

viernes, 22 de julio de 2016

La vanidad y la estupidez




La vanidad y la estupidez se han hecho íntimas amigas; se han hecho inseparables muy a pesar mío. Observo con preocupación que la una no puede vivir sin la otra y viceversa. Lo que más me preocupa es que ambas a pesar de tener un nivel intelectual y cultural bastante estrecho, ellas dos piensan que se las saben todas porque se consideran más inteligentes de lo que son ante los demás mortales. No sólo tanto la vanidad como la estupidez sobreestiman sus propias habilidades, sino que son incapaces de querer reconocer las verdaderas habilidades de los demás. Quizá el único método de cura para la vanidad sea la soledad, le hice saber.

- ¡Alto! - gritó la vanidad. Está bastante malhumorada, pero la verdad que a mí no me importa porque, en el fondo, no tiene otra cosa que exhibir. No por algo el adjetivo "vano" significa "vacío" ... falto de inteligencia no sólo intelectual, sino también emocional.

Y mientras la estupidez me miraba con infinita rabia, yo le dije tranquilamente que la vanidad debería cuidar su reputación, más que todo, por amor a la verdad. Y como veo que la estupidez no me quitaba su mirada, por cierto, fulminante, le recordé una famosa frase de Goethe que dice así: "Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano". Al escucharme decir esta gran verdad, la vanidad se paró indignada ya que quiso darme una bofetada. Yo de un brinco evité el golpe, pero la estupidez molesta me exigió que las dejara en paz, que qué yo me he creído para venir a lastimarlas de esta manera. Yo no veo que sea así. Sólo les hago ver lo ciegas que están por creerse ser algo que no son. Y antes de retirarme les dije con voz sonora, para que me recuerden para siempre, que la mezcla de vanidad y estupidez es muy peligrosa no sólo para ellas mismas, sino para los demás también.

- ¿Por qué? - gritaron frenéticas al unísono las dos. Me odian. Lo sé, pero no me importa.

A lo que yo les respondí que cuando la ignorancia hace amistad con la estupidez de manera sincera y concienzuda, entonces, desafortunadamente ambas pueden tomar decisiones poco acertadas. Por su culpa, no sólo los políticos pierden el suelo de la realidad, sino lamentablemente existen también personas de cualquier nacionalidad, raza o religión que se convierten en charlatanes por voluntad propia, unas veces de manera inofensiva y otras de manera contraria porque pueden poner en peligro la vida de muchas vidas.

- ¡Cállate de una vez por todas! - me gritaron la vanidad y estupidez. Temblaban ambas de indignación. Yo creo que, en el fondo, saben que estoy hablando con la verdad aunque ésta les duela.

- Mis palabras quedarán mudas pero no mis pensamientos - les dije muy seria. Tan coléricas estaban que abandonaron rápidamente la habitación; me dejaron sola. No importa porque yo no las necesito. Es más, te digo, querido lector, de manera satisfecha, que así como yo sé que todo no sé, tampoco puedo pretender saber lo que no sé, y ¿sabes por qué? porque yo soy: la Humildad. 

La verdad que yo soy de la opinión que sólo los espíritus vestidos de grandeza espiritual (no necesariamente de grandeza intelectual) son los que han aprendido a través de diversas lecciones dadas por la vida que uno es más grande que la Vanidad y Estupidez cuando uno no se esfuerza por no presumir de sus logros, aprende a reconocer sus fracasos y debilidades y trata siempre de actúar sin orgullo.

¡Lástima que la vanidad y la estupidez no hayan escuchado estás últimas palabras de la humildad! Así aprenderían ellas dos a no degradarse ante los demás aunque no se percaten de ésto, pero la humildad, sí. Y si no que se lo pregunten a, los Premios Nobel del 2000, Justin Kruger y David Dunning.




 MARiSOL